Y contemplaba con ojos extraviados aquella garganta desnuda, de tentadora nitidez, realzada por el rojo pañuelo; el pecho robusto, sobre cuya tersa morbidez descansaban sus violetas.

Las dos hortelanas al ver a Rafael cambiaron una sonrisa maliciosa, un guiño significativo, y pasaron delante de la señora con el propósito marcado de no estorbarla con su presencia.

—Sigan ustedes—dijo Leonora.—Nosotros iremos despacio hasta casa.

Se alejaron las dos mujeres con vivo paso, hablando en voz baja. Leonora adivinaba la sonrisa de sus rostros invisibles.

—¿Ha visto usted a esas?—dijo señalándolas con su cerrada sombrilla.—¿No se ha fijado usted en sus sonrisas y guiños al verle en el camino?... ¡Ay, Rafael! Usted está ciego y resulta terrible. Si yo tuviera que guardar mi fama, aviada estaba con un amigo como usted. ¡Qué cosas suponen por ahí!

Y reía con una expresión de superioridad, considerándose muy por encima de cuanto pudieran decir las gentes de su amistad con Rafael.

—En el mercado me hablan de usted todas las vendedoras como si esto fuese para mí el más irresistible de los halagos; aseguran que formamos una soberbia pareja. Mi hortelana aprovecha todas las ocasiones para decirme que es usted muy guapo. Dele usted las gracias... ¿Qué más? Hasta mi tía, mi pobre tía que vive en el Limbo, ha salido de él para decirme el otro día: «¿Sabes que Rafaelito viene mucho por aquí? ¿si querrá casarse contigo?» Ya ve usted; casarse ¡já! ¡já! ¡já! ¡casarse! La pobre señora no ve más que esto en el mundo.

Y seguía arrojando a la cara de Rafael, sombrío por sus malos pensamientos, aquella risa franca y burlona que parecía el parloteo de un pájaro travieso satisfecho de su libertad.

—¡Pero qué mala cara tiene usted hoy! ¿Está usted enfermo?... ¿Qué le pasa?

Rafael aprovechó el momento. Estaba enfermo, sí; enfermo de amor. Comprendía que toda la ciudad hablase de ellos; él no podía ocultar sus sentimientos. ¡Si supiera lo que le costaba aquella adoración muda! Quería arrancar de su pensamiento la devoción por ella, y no podía. Necesitaba verla, oírla; sólo vivía para ella. ¿Leer? imposible. ¿Hablar con sus amigos? Todos le repugnaban. Su casa era una cueva en la que entraba con gran esfuerzo para comer y dormir. Salía de ella tan pronto como despertaba y abandonaba la ciudad, que le parecía una cárcel. Al campo; y en el campo la casa azul donde ella vivía. ¡Con qué impaciencia esperaba la llegada de la tarde, la hora en que por una tácita costumbre, que ninguno de los dos marcó, podía él entrar en el huerto y encontrarla en su banco bajo las palmeras!... No podía vivir así. La pobre gente le envidiaba al verle poderoso, diputado tan joven; y él quería ser... ¿a qué no lo adivinaba? ¡qué cosas tan absurdas! ¡que no se burlara Leonora! El daría cuanto era por ser aquel banco del jardín, abrumado dulcemente por su peso las tardes enteras; por convertirse en la labor que giraba entre sus dedos delicados; por transfigurarse en una de las personas que la rodeaban a todas horas, de aquella Beppa, por ejemplo, que la despertaba por las mañanas, inclinándose sobre su cabeza dormida, moviendo con su aliento la cabellera deshecha, esparcida como una ola de oro sobre la almohada y que secaba sus carnes de marfil a la salida del baño, deslizando sus manos por las curvas entrantes y salientes de su suave cuerpo. Siervo, animal, objeto inanimado, algo que estuviera en perpetuo contacto con su persona, eso ansiaba él: no verse obligado con la llegada de la noche a alejarse tras una interminable despedida prolongada con infantiles pretextos, al volver a la irritante vulgaridad de su vida, a la soledad de su cuarto, en cuyos rincones obscuros, como maléfica tentación, creía ver fijos en él unos ojos verdes.