Permanecieron los dos en silencio mucho rato. Leonora parecía embriagada por el perfume viril de aquellas amenazas de pasión salvaje.
Rafael, al ver cabizbaja y silenciosa a la artista, creyó que la habían ofendido sus palabras, y se arrepintió de ellas.
Debía perdonarle, estaba loco. Se exasperaba ante su resistencia inexplicable. ¡Leonora! ¡Leonora! ¿A qué empeñarse en estorbar la obra del amor? El no era indiferente para ella, no le inspiraba antipatía ni odio; de lo contrario, no serían amigos ni le permitiría las continuas visitas. ¿Amor?... Estaba seguro de que no lo sentía por él, pobre infeliz, incapaz de inspirar una pasión a una mujer como ella. Pero que no se resistiera; ya le amaría con el tiempo; él lograría conquistarla en fuerza de cariño y de adoración. ¡Ay! con sólo su amor, había para los dos y para todos los amantes famosos en la historia. Sería su esclavo, la alfombra en que pondría sus pies; el perro, siempre tendido ante ella, con la mirada ardiente de la eterna fidelidad, acabaría por quererle, si no por amor, por gratitud y por lástima.
Y al hablar así, acercaba su rostro al de Leonora, buscando su imagen en el fondo de los ojos verdes; oprimía su brazo con la fiebre de la pasión.
—Cuidado, Rafael... me hace usted daño, suélteme usted.
Y como si despertara en pleno peligro después de un dulce sueño, se estremeció, desasiéndose con nervioso impulso.
Después comenzó a hablar con calma, repuesta ya de la embriaguez con que le habían turbado las apasionadas palabras de Rafael.
No, lo que él deseaba era imposible. La suerte estaba echada, no quería amor... La amistad les había llevado algo lejos. Ella tenía la culpa, pero sabría remediarlo. Era ya un barco viejo que no podía cargar con el peso de una nueva pasión. Si le hubiera conocido años antes, tal vez. Reconocía que hubiese llegado a quererle; le creía más digno de su amor que otros hombres a los que había amado. Pero llegaba tarde; ahora sólo quería vivir. ¡Qué horror! ¡las emociones de la pasión en un ambiente mezquino, en aquel mundo pequeño de curiosidades y maledicencias! ¡Ocultarse como criminales para quererse! ¡Ella, que gustaba del amor al aire libre, con el sublime impudor de la estatua que escandaliza a los imbéciles con su desnuda hermosura! ¡Verse roída a todas horas por la murmuración de los tontos, después de haber dado su cuerpo y su alma a un hombre! ¡Sentir en torno el desprecio y la indignación de todo un pueblo que la acusaría de haber corrompido una juventud, separándola de su camino, alejándola para siempre de los suyos! No, Rafael, mil veces no; ella tenía conciencia, ya no era la loca de otros tiempos.
—Pero ¿y yo?—suspiraba el joven agarrando de nuevo su brazo con ansiedad infantil—usted piensa en sí misma y en todos, olvidándome a mi. ¿Qué voy a hacer yo a solas con mi pasión?
—Usted olvidará—dijo gravemente Leonora.—Hoy he visto que es imposible mi estancia aquí. Los dos necesitamos alejarnos. Huiré antes que termine la primavera; iré no sé dónde, volveré al mundo, a cantar, donde no encuentre hombres como usted, y el tiempo y la ausencia se encargarán de curarle.