Oyó la voz de Leonora, hablándole con la despreciativa familiaridad que se usa con los miserables.
—¡Vete!
Levantó los ojos y vio los de Leonora irritados y altivos, fijos en él.
—A mí no se me toma—dijo con frialdad;—me entrego, si es que quiero.
Y en el gesto de desprecio y rabia con que despedía a Rafael, parecía marcarse el recuerdo odioso de Boldini, aquel viejo repugnante, el único en el mundo que la había tomado por la fuerza.
Rafael quiso excusarse, pedir perdón, pero aquel recuerdo de la adolescencia evocado por la escena brutal, la hacía implacable.
—¡Vete, vete, o te abofeteo!... Jamás vuelvas aquí.
Y para dar más fuerza a estas palabras cuando Rafael, humillado y sucio, salió del huerto, Leonora cerró tras él la verja de madera con tan brutal ímpetu, que casi hizo saltar los barrotes.
IV
Doña Bernarda mostrábase contenta de su Rafael. Se acabaron las miradas feroces, los gestos severos, las mudas escenas entre madre e hijo, que presenciaban con temor los íntimos de la casa.