—No, no—gimoteaba Dolores, cerrando los puños y moviendo la cabeza con enérgica negativa.
¿Cómo que no?... Pues aunque su sobrina no quisiera, había de acabar una enemistad tan escandalosa. Eran cuñadas, y lo que había ocurrido no resultaba irremediable... ¿Que le había desgarrado la oreja? Anda, hija mía, que buenas bofetadas la había largado ella antes. Váyase lo uno por lo otro, y haya paz. Lo dicho; mucho mutis y á obedecer á la tía.
Y de allí pasó á la mesa de Rosario, á la que habló aun más fuerte. Era una fiera de mala baba, sí señor; una perra rabiosa. Y que no le replicara ni la mirase con tanta cólera, porque le tiraría una libra á la cabeza. Ya era sabido cómo las gastaba ella, y además, para haber sido amiga de su madre, la tenía muy poco respeto. Aquello había de acabar. Lo decía ella, y basta. Allí estaba la pobre Dolores llorando de dolor. ¿Era aquella manera de reñir? ¿Le parecía decente estirar así las orejas? Eso era propio de un mal bicho. Para reñir se procedía con más nobleza; pegar fuerte y donde no salta sangre. Allí estaba ella, que había ido á la greña con todas las de su época. La que más podía le remangaba los zagalejos á la otra, y allí... en lo blando, zurra que te zurra, para que tuviera que sentarse de lado durante una semana; y después, tan amigas, á jurar la paz en la chocolatería. Así procedían las personas decentes, y así sería ahora, porque ella lo decía... ¿Que no? ¿Que Dolores le quitaba el marido?... ¡Cordones con el marido! No parecía sino que su sobrina era la que iba á buscarle.
Los hombres son los que buscan; y si ella quería tener seguro el suyo, que no fuese boba y se pusiera bien las enaguas en su casa. Cuando se quiere guardar un hombre hay que tener muchas agallas, ¡recordones! y sobre todo arreglarlo de tal modo que antes que salga de casa no le queden ganas de buscar nada en la del vecino. ¡Ay qué chicas las de ahora! ¡Y qué poco saben! En la piel de Rosario debía estar ella, y ya vería si su hombre cumplía la obligación... Nada; lo dicho. La cosa se arreglaría. Ella y la otra tenían que obedecerla y respetarla, ó de lo contrario...
Y mezclando amenazas con rudas expresiones de cariño, la tía Picores volvió á su puesto á continuar la venta.
Aquél día terminó pronto. La gente deseaba pescado, y á mediodía comenzaron á vaciarse las mesas. La pesca sobrante fue metida en toneles entre capas de nieve y trapos mojados, y comenzaron los tartaneros á recoger cuévanos y banastas, apilándolos en las traseras de sus desvencijados carromatos.
La tía Picores se arreglaba el mantón de cuadros en medio de la Pescadería, rodeada de algunas amigachas de su época, fieles compañeras que le ayudaban á pagar á escote al tartanero.
Había que arreglar lo de las chicas. Y cuando estuvieron ya en la tartana todas las cestas, fué á las mesas de las dos rivales, sacándolas á pellizcos y á empujones.
Dolores y Rosario, vencidas por la tenacidad terrible de la vieja, estaban una junto á otra con la cabeza baja, como avergonzadas y pesarosas por el contacto, pero sin atreverse á chistar.
—Espéramos en la chocolatería—ordenó la vieja al tartanero.