Los lóbregos faroles, cuyos palmitos de gas parecían pintados en la pared con almazarrón, dejábanlo todo en fresca penumbra; en las puertas destacábanse las manchas blancas de la gente casi en paños menores; chorreaban rítmicamente los balcones con el riego de las plantas; en cada balaustrada asomaba un botijo, y de arriba, de aquel cielo obscuro que parecía un lienzo apolillado transparentando lejana luz, descendía un soplo húmedo que reanimaba á la tierra, arrancándola suspiros de vida.
En todas las puertas sonaban el acordeón con su chillona melancolía, la guitarra con su rasgueo soñador, el canto á coro desentonado y estridente, y algunas veces en las esquinas estallaba una tempestad de aullidos, el estrépito de la lucha cuerpo á cuerpo, y los antipáticos perros chatos chocaban sus amenazantes cabezas de foca, hasta que el silletazo de algún vecino de buena voluntad los ponía en dispersión.
Despedazábanse en los corros enormes sandías; hundíanse las bocas en tajadas como medias lunas; pringábanse las caras con el rojo zumo; extendíanse los arrugados moqueros bajo la barba para no mancharse, y al fin la gente, con el vientre hinchado de agua, sumíase en dulce beatitud, escuchando, como angélicas melodías, los arañazos de los acordeones.
Y á esta hora de digestión líquida, al cantar el sereno las once y estar los corrillos más animados, era cuando á lo lejos la difusa luz de los faroles marcaba algo que se aproximaba balanceándose, trazando zigzags como una barca sin timón, echando la pesada ancla en cada esquina.
Era el padre de Pepeta que con la gorra desmayada y el pañuelo de hierbas en una mano, volvía de la taberna. Saludaba á la reunión con tres gruñidos, despreciaba las insolencias de la hija, y se hundía por fin en la obscuridad de su casa, maldiciendo á los avaros caseros que, para fastidiar á los pobres, hacen siempre las puertas estrechas.
En aquellas horas de regocijo público, en medio de la calle, acariciados por la expansión de todos los vecinos, se arrullaban el licenciado y Pepeta; él, dulzón y empalagoso, hablándole al oído; ella, grave, estirada y seria, apretando los labios como si estuviera ofendida, porque una chavala que se respete debe poner siempre al novio cara de perro. Los hombres son muy presuntuosos, y si llegan á comprender que una está chiflada por ellos... ya, ya.
Y mientras tanto la pobre alma en pena á la puerta del cafetín, con la garganta abrasada por el amílico y el corazón en un puño, oyendo de cerca las bromitas de sus amigachos y á lo lejos las canciones del corro de Pepeta, unos retazos de zarzuela repetidos con monotonía abrumadora.
¡Pero qué cargantes eran los amigos del cafetín! ¿Que Pepeta no le quería ya? Bueno; dale expresiones... ¿Que él era un chiquillo y le faltaba esto y lo de más allá? Conforme; pero aun no había muerto y tiempo le quedaba para hacer algo. Por de pronto á Pepeta y al Cubano se los pasaba por tal y cual sitio. Ella era una carasera y él un mariquita con su hablar de chiquillo y su peluca rizada. Ya les arreglaría las cuentas... Á ver, tío Panchabruta: otra águila de petróleo refinado. De aquel que está en el rincón, en el temible tonel que ha enviado al cementerio tres generaciones de borrachos.
Y el fresco vientecillo, haciendo ondear la listada cortina de la puerta, arrojaba todos los ruidos de la calle en el ambiente del cafetín, cargado del calor del gas y los vahos alcohólicos.