Pepeta retorcíase con epilépticas convulsiones entre los brazos de varios vecinos; avanzaba sus uñas de fiera enfurecida, y no pudiendo llegar hasta el Menut, le escupía á la cara siempre los mismos insultos con voz estridente, desgarradora, que despertaba á todo el barrio: ¡Lladre!... ¡Granuja!
Y el autor de todo estaba allí, sin huir, con su figurilla triste y desmedrada, el cuello desollado por varios arañazos, el brazo derecho teñido en sangre hasta el codo y la navaja caída á sus pies. Tan tranquilo como al degollar reses en el Matadero, sin estremecerse al sentir en sus hombros las manos de la policía, con una sonrisita que plegaba ligeramente los extremos de su boca.
Salió de la calle con los brazos atados sobre la espalda y la blusa encima; la innoble cara llena de arañazos, hablando con su escolta de municipales, satisfecho en el fondo de que la gente se agolpase á su paso, como en la entrada de un personaje.
Cuando pasó ante el cafetín, saludó con altivez á sus amigotes, que asombrados, como si no hubiesen presenciado el suceso, le preguntaban qué había hecho.
—Res; còses d’hòmens.
Y contento con su suerte, erguido y triunfante, siguió el camino de la cárcel, acogiendo el infeliz las miradas de la curiosidad con la prosopopeya de la estupidez satisfecha.
La apuesta del esparrelló
La oí una tarde de invierno, tumbado en la arena, junto á una barca vieja, sintiendo en los pies los últimos estremecimientos de la inmensa sábana de agua que espumeaba colérica bajo un cielo frío, ceniciento y entoldado.