—Es que para ti también hay. Por arriba va la barca del Toto explorando, y si ha oído tus ronquidos, ahora mismo tienes aquí el bolichó de cuerdas, y mañana estás en la Pescadería hecho cincuenta cuartos.
—¡Cincuenta demonios!—roncó con furia el reig, y dando un furioso coletazo abandonó la cama de barro, poniéndose en facha de escapar, mientras al ladino esparrelló le temblaban todas las escamas con las convulsiones de una risita aguda é insolente.
El reig se amoscó al ver que tomaban á broma su prudencia, y avanzando el cuerpo hacia el diminuto bicho quiso reconocerle en la semiobscuridad.
—¿Eres tú, granuja? Tú acabarás mal; y si no fuera porque me tacharían de ingrato, lo que no corresponde á una persona de mi edad y mi peso, ahora mismo te tragaba. ¿Crees tú, mocoso, que me dan miedo todos esos pelambres que vienen á buscarnos en el fondo de las aguas? Soy demasiado guapo para dejarme coger. Pregúntale á ese Toto de quien hablas cuántas veces de una morrá le he roto el bolichón de cuerdas. Si repito muchas veces la fiesta le arruino. Pero tengo conciencia; antes que hacer daño á un padre de familia prefiero huir á tiempo, y me va tan ricamente con este sistema, que mientras los de mi familia han ido á morir faltos de respiración en la playa, yo escapo siempre, y aquí me han de caer las escamas de puro viejo.
—Lo mismo soy yo—dijo con petulancia el pececillo—; los míos se han dejado arrastrar, pero á mí no me falta ligereza, y aquí estoy. Es gran cosa el ser pequeño.
—Quita allá, bicho ruin. Lo que vale es ser grande como yo, con más fuerza que un caballo y capaz de llevarse por delante de un empujón todas las redes de esos pelagatos.
Y para demostrar su fuerza, en menos de un segundo dió dos ó tres coletazos con la aviesa intención de pillar desprevenido al esparrelló, y con tanto empuje, que si lo alcanza lo revienta.
Pero el granuja se echó á un lado oportunamente, amoscado por tan villanas caricias.
—Fuerte sí que lo eres; convenido. Si no salto me partes, y eso no está bien entre personas decentes, que deben ser agradecidas. Pero en cambio soy más ligero: corro más que tú. Mira como tu cola no me alcanza.
—¿Tú correr más?... ¡Jo! ¡jo! ¡jo!