—Bueno—roncó por fin—. En esto debe haber trampa, pero la palabra es palabra. Mocoso, manda lo que quieras: seré tu criado.
Y el viejo pescador, terminado su cuento, sonreía y guiñaba los ojos maliciosamente.
Aquello era de los tiempos en que los pescados hablaban, pero tenía intrínguilis.
¿Que no lo adivinaba? Pues era sencillo: que en este mundo puede más el listo y el astuto que el fuerte que todo lo fía al corazón y á la acometividad. Que vale más ser esparrelló pequeño y malicioso, que reig enorme y sencillote. Que acometiendo de frente y arrollándolo todo sólo se consigue ser vehículo del listo que se esconde en la agalla para salir á tiempo.
Y el vejete me miraba con tal expresión de malicia y lástima, que me ruboricé, murmurando para adentro:
—Este tío me conoce.