La presencia de Toneta, aquel moreno y gracioso rostro que se destacaba al extremo de la mesa, evocaba en el cura recuerdos más gratos.
Veíase pequeño y haraposo en el huerto de la siñá Tona, aquel hermoso campo cercado de encañizadas en el que se cultivaban las flores como si fuesen legumbres. Recordaba á Toneta greñuda, tostada, traviesa como un chico, haciéndole sufrir con sus juegos, que eran verdaderas diabluras, y después el rápido crecimiento y el cambio de suerte: ella á Valencia todos los días con sus cestos de flores, y él al Seminario protegido por doña Ramona, que, en vista de su afición á la lectura y de cierta viveza de ingenio, quería hacer un sacerdote de aquel retoño de la miseria rural.
Luego venían los días mejores, cuyo recuerdo parecía perfumar dulcemente todo su pasado.
¡Cómo amaba él á aquella buena hermana, que tantas veces le había fortalecido en los momentos de desaliento!
En invierno salía de su barraca casi al amanecer camino del Seminario.
Pendiente de su diestra, en grasiento saquillo, lo que entre clase y clase había de devorar en las Alamedas de Serranos; medio pan moreno con algo más, que, sin nutrirle, engañaba su hambre; y cruzado sobre el pecho á guisa de bandolera, el enorme pañuelo de hierbas envolviendo los textos latinos y teológicos que bailoteaban á su espalda como movible joroba. Así equipado pasaba por frente al huerto de la siñá Tona, aquella pequeña alquería blanca con las ventanas azules, siempre en el mismo momento que se abría su puerta para dar paso á Toneta, fresca, recién lavada, con el peinado aceitoso y llevando con garbo las dos enormes cestas en que yacían revueltas las flores mezclando la humedad de sus pétalos.
Y juntos los dos, por atajos que ellos conocían, marchaban hacia Valencia, que por encima del follaje de la Alameda marcaba en las brumas del amanecer sus esbeltas torres, su Miguelete rojizo, cuya cima parecía encenderse antes de que llegasen á la tierra los primeros rayos del sol.
¡Qué hermosas mañanas! El cura, cerrando los ojos, veía las obscuras acequias con sus rumorosos cañaverales; los campos con sus hortalizas, que parecían sudar cubiertas del titilante rocío; las sendas orladas de brozas con sus tímidas ranas, que al ruido de pasos arrojábanse con nervioso salto en los verdosos charcos; aquel horizonte que por la parte del mar se incendiaba al contacto de enorme hostia de fuego; los caminos desde los cuales se esparcía por toda la huerta chirrido de ruedas y relinchos de bestias; los fresales que se poblaban de seres agachados, que á cada movimiento hacían brillar en el espacio el culebreo de las aceradas herramientas, y los rosarios de mujeres que con cestas en la cabeza iban al mercado de la ciudad saludando con sonriente y maternal ¡bòn día! á la linda pareja que formaban la florista garbosa y avispada y aquel muchachote que con su excesivo crecimiento parecía escaparse por pies y manos del trajecillo negro y angosto, que iba tomando un sacristanesco color de ala de mosca.
El matinal viaje era un baño diario de fortaleza para el pobre seminarista, que oyendo los buenos consejos de Toneta tenía ánimos para sufrir las largas clases; aquella inercia contra la que se rebelaba su robustez, su sangre hirviente de hijo del campo y las pesadas explicaciones en cuyo laberinto penetraba á cabezadas.
Separábanse en el puente del Real: ella hacia el Mercado en busca de su madre; él á conquistar poco á poco el dominio de las ciencias eclesiásticas, en las cuales tenía la certeza de que jamás llegaría á ser un prodigio. Y apenas terminaba su comida en las Alamedas de Serranos, en cualquier banco compartido con las familias de los albañiles, que hundían sus cucharas en la humeante cazuela de mediodía, Visantet, insensiblemente, se entraba en la ciudad, no parando hasta el mercadillo de las flores, donde encontraba á Toneta atando los últimos ramos y á su madre ocupada en recontar la calderilla del día.