Había para estar satisfecho viendo cómo se criaba la familia sin grandes privaciones. La tienda siempre adelante, y poco á poco se llenaba de duros ahorrados una media vieja que ella guardaba en su camarote, entre el piso de tablas y el grueso colchón.

Algunas veces no podía contenerse, y deseosa de apreciar en conjunto su fortuna, salía hasta la orilla de la playa. Desde allí contemplaba con ojos enternecidos el cercado de las gallinas, la cocina al aire libre, la anchurosa pocilga donde roncaba el sonrosado cerdo, y la barca, que asomaba entre la aglomeración de cercas y cañares sus dos puntas de deslumbrante blancura, como embarcación fantástica que, arrastrada por un huracán, hubiese ido á caer en el corral de una granja.

No por esto se hallaba libre de incomodidades. Dormía poco, levantábase al amanecer, y muchas veces, á media noche, aporreaban la puerta de la barca y había que levantarse para servir á los pescadores recién llegados á la playa, que descargaban su pescado y tenían que hacerse á la mar antes del alba.

Estas francachelas nocturnas eran las más productivas y las que mayor cuidado inspiraban á la tabernera. Conocía bien á aquella gente, que después de pasar una semana sobre las olas, quería en las pocas horas de holganza gozar de un golpe todos los placeres de la tierra.

Abalanzábanse al vino como mosquitos; los viejos quedábanse dormitando sobre la mesa con la pipa apagada entre los secos labios; pero los jóvenes mozetones fornidos, excitados por la vida trabajosa y casta del mar, miraban á la siñá Tona de modo tal, que ella torcía el gesto con enfado y se preparaba á rechazar los brutales cariños de aquellos tritones de camiseta rayada.

Nunca había valido gran cosa; pero su naciente obesidad, los ojazos negros, que parecían aclarar su rostro moreno y lustroso, y más que todo la ligereza de ropas con que en verano servía á los nocturnos parroquianos, hacíanla hermosa para los muchachos rudos que, al poner la proa hacia Valencia, pensaban con regocijo en que iban á ver á la siñá Tona.

Pero ella era una hembra brava que sabía tratarlos. Jamás se rendía; las proposiciones audaces las contestaba con gestos de desprecio; los pellizcos con bofetones, y los abrazos por sorpresa con soberbias patadas, que más de una vez hicieron rodar por la arena á un mocetón tieso y fuerte como el mástil de su barca.

Ella no quería líos como muchas otras, ni permitía que le faltasen en tanto así. Además, era madre, los dos chicos dormían á poca distancia, separados de ella por un tabique de tablas, al través del cual oía sus poderosos ronquidos, y sólo estaba para pensar en mantener á la familia.

El porvenir de sus chicos comenzaba á preocuparla. Se habían criado en la playa como dos gaviotas, anidando en las horas del sol bajo la panza de las barcas en seco ó correteando por la orilla en busca de conchas y caracoles, hundiendo sus piernecitas de color de chocolate en las gruesas capas de algas.

El mayor, Pascualet, era un retrato vivo de su padre. Grueso, panzudo, carilleno; tenía cierto aire de seminarista bien alimentado, y los pescadores le llamaron el Retor, apodo que había de conservar toda su vida.