La pobre Tona ya no vió más al siñor Martines. Entre los carabineros que pasaban la playa no faltó una buena alma que tuvo el gusto de decirla la verdad.

No había tal viaje á Huelva. Las cartas que escribía Martínez iban á Madrid, pidiendo que lo trasladasen á un punto lejano, pues los aires de Valencia no le probaban. Y efectivamente, lo habían trasladado á la comandancia de la Coruña.

La siñá Tona creyó volverse loca. ¡Ladrón, más que ladrón! ¡Miren el mosquita muerta!... Fíese usted de esas personas de mucha labia. ¡Pagarle así á ella... á ella, que le hubiese dado hasta el último céntimo, y que le peinaba bajo el tinglado en las horas de siesta tan amorosamente como si fuese su madre!

Pero toda la desesperación de la pobre mujer no impidió que saliese á luz lo que tan urgente hacía el matrimonio; y á los pocos meses la siñá Tona despachaba copas tras el mostrador, enseñando su pecho voluminoso de vaca rolliza, y agarrada al obscuro pezón una niña blanca, enteca, de ojos azules y cabeza rubia y voluminosa, que parecía una bola de oro.

III

Pasaron los años sin que sufriese la menor alteración en su monótona vida la familia que se albergaba en la barca convertida en taberna.

El Retor era todo un marinero, fornido, cachazudo, bravo en el peligro. De gato había ascendido á ser el tripulante de más confianza en la barca del tío Borrasca, y cada mes solía entregar á su madre cuatro ó cinco duros de ahorros para que los guardase.

Tonet no hacía carrera. Entre él y su madre habíase entablado una lucha: Tona buscándole oficios, y él abandonándolos á los pocos días. Fué una semana aprendiz de zapatero; navegó poco más de dos meses con el tío Borrasca en calidad de gato, pero el patrón se cansó de pegarle, sin conseguir que le obedeciese; después intentó hacerse tonelero, que era el más seguro de los oficios, pero el maestro le echó á la calle, y por fin á los diez y siete años se metió en una còlla del puerto, cuadrilla de descargadores de buques, en la que trabajaba hasta dos veces por semana, y esto de mala voluntad.

Pero su vagancia y sus malas costumbres encontraban excusa á los ojos de la siñá Tona, cuando ésta le contemplaba en los días de fiesta (que eran los más para aquel bigardo) con la gorra de seda de hinchado plato sobre el rostro moreno, en el que comenzaba á apuntar el bigote; la chaqueta de lienzo azul ajustada al esbelto tronco y la faja de seda obscura ceñida sobre la camiseta de franela á cuadros negros y verdes.

Daba gloria ser madre de un mozo así. Iba á ser otro pillo como aquel Martínez de infausta memoria; pero más salao, más audaz y travieso, y de ello daban fe las chicas del Cabañal, que se lo disputaban por novio.