Pero del muchacho no podía esperarse cosa buena. Ni la misma Dolores, con tener sobre él tan absoluto poderío, lograba domarlo cuando le soplaba la racha de las locuras, y á lo mejor desaparecía semanas enteras, sabiéndose después, por referencias, que había estado en Valencia durmiendo de día en alguna casa del barrio de Pescadores, emborrachándose de noche, aporreando á sus embrutecidas compañeras de hospedaje y gastándose en orgías de pirata hambriento lo que ganaba en alguna timba de calderilla.

En una de esas escapatorias fué cuando come tió el gran disparate, que costó á su madre un mes de llantos é innumerables alaridos. Tonet, con otros amigotes, sentó plaza en la marina de guerra. Estaban hastiados de la vida del Cabañal; les resultaba desabrido el vino de las tabernas.

Y llegó el día en que el endiablado muchacho, vestido de azul, con la blanca gorrilla ladeada y el saco de ropa al hombro, se despidió de Dolores y de su madre para ir á Cartagena, donde estaba el buque á que iba destinado.

¡Anda con Dios! Mucho le quería la siñá Tona, pero al fin podía descansar. Por quien más lo sentía era por la pobre Rosario, que, siempre calladita y humilde, iba á coser en la playa en compañía de Roseta y preguntaba con emocionada timidez á la siñá Tona si había recibido carta del marinero.

Así pasó el tiempo, siguiendo ellas desde la barcaza de la playa todos los viajes y estaciones que hacía la Villa de Madrid, fragata en la que iba Tonet como marinero de primera.

¡Qué emoción cuando caía sobre el mostrador de húmedos tablones el estrecho sobre, pegado unas veces con roja oblea y otras con miga de pan, con su complicada dirección en letras gruesas: «Para la siñora Tona la del cafetín, junto á la casa dels bòus

Un perfume raro, exótico, que hablaba á los sentidos de vegetaciones desconocidas, mares tempestuosos, costas envueltas en celajes de rosa y cielos de fuego, parecía salir de las groseras envol turas de papel; y las tres mujeres, leyendo y releyendo las cuatro carillas, soñaban con países desconocidos, viendo con la imaginación los negros de la Habana, los chinos de Filipinas y las modernas ciudades del Sur de América.

¡Qué chico aquel! ¡Cuánto tendría que contar cuando volviese! Tal vez había sido un bien que cometiera la calaverada de marcharse; así sentaría la cabeza. Y la siñá Tona, poseída de nuevo por aquella preferencia que la hacía idolatrar á su hijo menor, pensaba con cierto despecho en que su Tonet, el gallito bravo, estaba sometido á la rígida disciplina de á bordo, mientras que el otro, el Retor, el que ella tenía por un infeliz, marchaba viento en popa y era casi un prohombre en el gremio de la pesca.

Iba siempre á partir con el dueño de su barca; tenía sus secretos con el tío Mariano, aquel personaje al que recurría Tona en todos sus apuros. En fin, que ganaba dinero, y la siñá Tona se daba á todos los demonios viendo que no traía un cuarto á casa y apenas si por ceremonia iba á sentarse un rato bajo el toldo de la tabernilla.

En otra parte le guardaban los ahorros; ¿y dónde había de ser? en casa de Dolores, de la gran maldecida; que sin duda les había dado á sus hijos polvos seguidores, pues corrían á ella como perros sumisos.