El infortunio les aproximaba al Retor, al otro matrimonio que subía y subía por el camino de la prosperidad, mientras ellos rodaban cabeza abajo.

Los hermanos deben ayudarse en los malos trances; nada más natural, y por esto Rosario, aunque á regañadientes, iba á casa de Dolores y consentía que Tonet reanudase una amistad íntima con su cuñada. Esto la atormentaba, pero no había que reñir: se disgustaba el Retor, y él era el que muchas semanas mantenía al matrimonio cuando no había pescado para vender ó el vago de gentil aspecto no lograba ganarse algún duro interviniendo en los pequeños negocios propios de los puertos de mar.

Pero llegó el momento en que las dos mujeres, que se odiaban, cansáronse de fingir.

Después de cuatro años de matrimonio, Dolores resultó encinta. El Retor sonreía como un bendito al dar á todo el mundo la fausta noticia, y las vecinas alegrábanse también, pero de un modo maligno. Era pura sospecha, pero se comentaba la coincidencia de aquel embarazo tardío con la época en que Tonet mostró mayor apego á la casa de su hermano, pasando en ella más tiempo que en el café.

Las dos cuñadas riñeron con toda la franqueza salvaje de sus caracteres; entre ellas marcóse eterna división, y en adelante sólo visitó Tonet la casa del Retor, lo que indignaba á Rosario, haciendo que las riñas conyugales terminasen siempre con bárbaras palizas.

Y de este modo transcurrió el tiempo. Rosario, afirmando que el chiquillo de Dolores tenía la misma cara de Tonet; éste siempre á remolque de su hermano mayor, que sentía por él la debilidad de otros tiempos, y á pesar de su espíritu económico se dejaba saquear por aquel vago; y la hermosa hija del tío Paella burlábase de su cuñada la tísica, la pava, gozándose en insultar su pobreza, su vida trabajosa, y haciendo alarde del poderío que tenía sobre Tonet, el cual, como en otros tiempos, iba tras ella, dominado y sumiso como un perro.

Un hálito de perpetua guerra, de burlona insolencia, parecía ir desde la antigua casa del tío Paella, restaurada y embellecida, á la barraca miserable de techo desvencijado donde Rosario se había refugiado empujada por la miseria. Las buenas vecinas, con la más santa de las intenciones, se encargaban de circular las insolencias é insultos, llevando y trayendo recados.

Cuando Rosario, roja de indignación y con los ojos llorosos, necesitaba desahogo y consuelo, iba á la playa, á la barcaza-taberna, que adquiría un color sombrío y parecía envejecer como su dueña. Allí la oían silenciosamente, moviendo su cabeza, con expresión de desconsuelo, la siñá Tona y Roseta, las cuales, á pesar de su íntimo parentesco, vivian con huraña hostilidad, no coincidiendo más que en su despreciativo odio á los hombres. La barca que les servía de madriguera era como un observatorio, desde el que contemplaban lo que ocurría entre las dos familias.

¡Los hombres! ¡Vaya una gentuza! La siñá Tona lo afirmaba, mirando de soslayo el retrato del carabinero, que parecía presidir la taberna. Todos eran unos granujas, que no valían ni el cordel para ahorcarlos. Y Roseta, con sus ojazos verde mar, límpidos y serenos de virgen que todo lo sabe y está curada de espanto, murmuraba con expresión soñadora:

Y el que no es granuja, es com el Retor: un bestia.