Y el honradote Retor, incapaz de faltar á lo que le previniese el alguacil del pueblo ó el cabo de mar, reíase como un bendito al pensar en aquel alijo de tabaco que hacía tiempo le danzaba en la cabeza, y le parecía ver ya sobre la arena los fardos de lona embreada. Como buen hijo de la costa, recordando las hazañas de sus mayores, consideraba el contrabando como la profesión más natural y honrada para un hombre aburrido de la pesca.

Á Tonet le parecía bien. Ya había hecho él dos viajes de tal clase, enganchándose como simple marinero, y ahora que faltaba trabajo en el muelle y el tío Mariano no acababa de sacarle aquel empleo tan codiciado en las obras del puerto, no tenía inconveniente en seguir á su hermano.

Este redondeaba el plan. Tenía lo más importante: barca propia, la Garbosa. Y como Tonet lanzase una exclamación de asombro, el Retor entró en detalles. Ya sabía él que la tal barca estaba casi despanzurrada, con los costillares poco unidos y la cubierta combada hacia abajo; una ruina que al saltar sobre las olas, sonaba como una guitarra vieja; pero no le habían engañado: treinta duros dió por ella; compró la leña y nada más; pero aun sobraba para hombres que conocían el mar y eran capaces de atravesarlo en un zapato.

Además—y guiñaba un ojo con su malicia de muchacho grande—, con una barca así se tenía la ventaja de perder poco si el guardacostas les echaba la zarpa.

Y con este argumento, de una sencillez sublime, convencíase el Retor de la conveniencia de tal temeridad, sin ocurrírsele ni remotamente que exponía su vida.

Con su hermano y dos hombres de confianza quedaba formada la tripulación. Ahora sólo necesitaba hablarle al tío Mariano, que tenía buenos conocimientos en Argel, de la época en que hacía el negocio.

Y como hombre decidido que teme arrepentirse si espera mucho, quiso ir inmediatamente en busca de aquel personaje poderoso, que les honraba siendo su tío.

Á tales horas debía estar fumando su pipa en el café de Carabina, y allá fueron los dos hermanos.

Al pasar por cerca de la casa dels bòus miraron la barcaza-taberna, cada vez más negra y abandonada, y saludaron con un ¡adiós, mare! el rostro lustroso y de colgantes carrillos que, encuadrado por un pañuelo blanco semejante á toca monjil, asomaba por la boca de cueva abierta sobre el mostrador.

Algunas ovejas sucias y flacas rumiaban la hierbecilla de las marismas inmediatas á la población; cantaban las ranas en los charcos confundiendo su monótono rac-rac con la susurrante calma de la playa, y sobre las redes de color de vino, festoneadas de corcho y tendidas sobre la arena, picoteaban los gallos, que irisaban sus luminosas plumas despidiendo reflejos metálicos.