¿Veus? ¡Este Segasta es un pillo!

Y sin más aclaraciones afirmábase las gafas y volvía á deletrear por debajo del blanco y chamuscado bigote:

—«Siñores: contestando á lo que ayer dijo...»

Pero antes de llegar á quién era el que dijo, dejaba el periódico para mirar con superioridad á su embobado auditorio, afirmando con energía:

¡Este es un embustero!

El Retor, que había pasado tardes enteras admirando la sabiduría de aquel hombre, no se fijó en él, atento y sumiso para su tío, que se dignó quitarse la pipa de los labios para saludarles con un ¡hola, chiquets! permitiéndoles sentarse en las sillas que reservaba á sus ilustres amigos.

Tonet volvió la espalda para mirar á los jugadores de la mesa inmediata, que manejaban con entusiasmo los pedazos de hueso con puntos negros, y algunas veces sondeó con sus ojos el interior del café, lleno de humo, buscando tras el mostrador, bajo los cromos marítimos, á la hija de Carabina, aliciente principal del establecimiento.

El señor Mariano (a) el Callao (aunque todos se guardaban de darle en su presencia tal apodo) estaba ya cerca de los sesenta, á pesar de lo cual se mantenía fuerte y bien plantado, cobrizo, con las córneas de color de tabaco, el mostacho gris erizado como el de un gato cano y en toda su persona el aire de petulancia del necio que ha hecho cuatro cuartos.

Llamábanle el Callao porque cada día hablaba una docena de veces de aquella jornada gloriosa, á la que había asistido de joven como marinero de primera á bordo de la Numancia. Mentaba á cada paso á Méndez Núñez, á quien llamaba siempre don Casto, como si hubiera sido gran amigote del héroe, y los oyentes se entusiasmaban cuando se dignaba relatar lo ocurrido en el Pacífico, imitando el estrépito de las andanadas del glorioso navío: ¡Bum! ¡brurrrum!

Fuera de esto, era un pájaro de cuenta. Había hecho el contrabando en la feliz época en que todos eran ciegos, desde la comandancia al último carabinero; todavía, si se presentaba ocasión, entraba á la parte en algún alijo; su principal industria era hacer obras de caridad, prestando á los pescadores y sus mujeres al cincuenta por ciento mensual, lo que le valía la adhesión forzosa de un rebaño miserable que, después de despojado, hacía cuanto él le mandaba en las luchas políticas del pueblo.