Detuviéronse ante el fielato y fueron descendiendo por sus estribos zapatos en chancla, medias rotas, mostrando el sucio talón, y faldas recogidas que dejaban al descubierto los zagalejos amarillos con negros arabescos.

Alineábanse ante la báscula los cestones de caña, cubiertos con húmedos trapos, que dejaban entrever el plomo brillante de la sardina, el suave bermellón de los salmonetes y los largos y sutiles tentáculos de las langostas, estremecidas por el estertor de la agonía. Al lado de las cestas, las piezas mayores: los meros de ancha cola, encorvados por la postrera contracción, con fauces circulares desmesuradamente abiertas, mostrando la obscura garganta y la lengua redonda y blancuzca como una bola de billar, y las rayas, anchas y aplastadas, caídas en el suelo como un trapo de fregar húmedo y viscoso.

La báscula estaba ocupada por unos panaderos de las afueras, guapos mozos, con las cejas enharinadas, cuadrado mandil y brazos arremangados, descargando sobre el peso sacos de pan caliente y oloroso que parecía esparcir una fragancia de vida en el ambiente nauseabundo del pescado. Y aguardando su turno, las pescaderas charlaban con los empleados y los papanatas que contemplaban embobados los grandes peces. Otras iban llegando á pie, con cestas en la cabeza y los brazos, engrosando el grupo; la línea de banastas extendíase hasta cerca del puente. Los empleados enfadábanse ante la insolente algarabía de aquellas malas pécoras que les aturdían todas las mañanas.

Hablábanse á gritos, mezclando entre cada palabra ese inagotable repertorio de interjecciones que únicamente se adquiere en un muelle de Levante. Al verse juntas recrudecíanse los sentimientos del día anterior, la cuestión sostenida al amanecer en la playa; contestábanse los insultos con soeces ademanes; acompañábanse las palabras con cadenciosas palmadas en los muslos ó enarbolando las manos con expresión amenazante; y á lo mejor, estos furores trocábanse en risas, semejantes al cloquear de todo un gallinero, si á alguna se le ocurría una frase capaz de hacer mella en sus paladares fuertes.

Enardecíalas la tardanza de los panaderos en dejar libre la báscula; llovían insultos sobre aquellos mocetones, que no se mordían la lengua; y en el derroche de indecencias que se cruzaban con acompañamiento de amigables risas, enviábanse á tocar lo otro y lo de más allá, barajando con inocente tranquilidad las blasfemias más monstruosas con los distintivos del sexo.

En este hervidero de risotadas é insultos, la que llamaba la atención era Dolores la del Retor, una buena moza mejor vestida que las otras, que se apoyaba con cierta negligencia en una pilastra del fielato, con los brazos atrás, arqueando la robusta pechuga y sonriendo como un ídolo satisfecho cuando los hombres se fijaban en sus zapatos de amarillo cuero y el soberbio arranque de las pantorrillas, cubiertas con medias rojas.

Era una morena cariancha, con el rubio y alborotado pelo como una aureola en torno de la pequeña frente; ojos verdes que tenían la obscura transparencia del mar, y en los cuales, en ciertos momentos, reflejábase la luz, haciendo brillar un círculo de puntos dorados.

Reía como una loca, entreabriendo sus mandíbulas poderosas de muchacha de sólida osamenta; y los labios carnosos, de un rojo tostado, mostraban al separarse una dentadura igual, fuerte y tan brillante, que parecía iluminar la cara con pálida claridad de marfil.

Guardábanla consideraciones como á moza de buenos puños é insolencia agresiva. Influía además en tal respeto el ser mujer de Pascualo el Retor, un buenazo que la obedecía en todo y no chistaba dentro de casa; pero que fuera, en el mar, sabía ganarse la vida mejor que otros, y tenía, según opinión general, un gato enorme de duros oculto en los pucheros de la cocina; todo ganado, peseta por peseta, en pescas afortunadas.

Por esto se daba ella sus airecillos de reina entre la turba desvergonzada, y miserable de la Pescadería, y apretaba los labios con satisfacción cuando admiraban sus pendientes de perlas, los pañuelos de Argel ó los refajos de Gibraltar regalados por el Retor.