Rosario estaba en un grupo de viejas, haciendo esfuerzos con codos y rodillas por mantenerse en primera fila sobre la acera, para ver en lugar preferente la procesión.

La pobre mujer hablaba de su Tonet con entusiasmo. ¿Le habían visto?... Judío tan bien portado no se encontraba en toda la procesión. Y á la infeliz, hablando con tanto entusiasmo de su marido, todavía le escocían las bofetadas con que el brutal Tonet había acompañado al amanecer la empresa de su acicalamiento.

Sintió sobre su pecho el rudo encontrón de un cuerpo macizo y poderoso que se colocaba ante ella, empujándola por conquistar su puesto. Miró y ¡habría mayor atrevimiento! era Dolores, su cuñada, con Pascualet de la mano, que se ahogaba en aquella aglomeración. La buena moza tenía el aire de soberana de siempre y avanzaba el desdeñoso labio inferior al mirar á la gente. ¡Ah, la arrastrada!... ¡Y cómo la respetaban y mimaban todos á pesar de su orgullo!

Las dos cuñadas, con gran desesperación de la tía Picores, seguían mirándose hostilmente. Su reconciliación en la horchatería del Mercado había sido una tregua, y únicamente, como memoria de tantas promesas de amistad, saludábanse fríamente, pero con una expresión en los ojos que hacía presentir nuevas explosiones.

Rosario, aturdida por el ímpetu del cuerpo robusto que la empujaba, se limitó á contestar á la mirada de Dolores con un gesto de desprecio. ¡La muy desvergonzada! ¡Venir con tanto aire á tirar á las gentes del sitio en que estaban! ¡Qué humos!... ¡Dejad paso á la reina! Bien se sabía quién era cada una. Las personas sin educación se dan á conocer al momento.

Y la mujercilla débil y pálida iba coloreándose como si la embriagaran sus propias palabras. Reían sus amigas guiñando los ojos para animarla y comenzaba á girar sobre su canoso cuello la soberbia cabeza de Dolores con la expresión de una leona que oye zumbar un moscardón á sus espaldas, cuando la procesión desembocó en la calle por una travesía inmediata, y una ondulación de curiosidad agitó á la muchedumbre.

Avanzaban en opuesta dirección las dos procesiones, moderando su paso, deteniéndose, calculando la distancia para llegar á la vez al lugar del encuentro.

La morada túnica de Jesús centelleaba con los primeros rayos de sol por encima del bosque de plumajes, cascos y espadones en alto, que la luz erizaba de deslumbrantes reflejos, y por el otro lado avanzaba la Virgen, contoneándose al compás del paso de sus portadores, vestida de negro terciopelo y cubierta con una gasa fúnebre, al través de la cual brillaban sobre el rostro de cera las lágrimas, para las cuales llevaba sin duda en las inmóviles manos un pañuelo rizado y encañonado.

Ella era la que atraía la atención de las mujeres. Muchas lloraban. ¡Ay, reina y soberana! Aquel encuentro partía el alma. ¡Ver una madre á su hijo en tal estado! Era lo mismo (aunque la comparación fuese mala) que si ellas encontraran á sus chicos, tan buenos y honradotes, camino del presidio.

Y las pescaderas seguían gimoteando ante la madre dolorosa, lo que no les impedía fijarse en si llevaba algún adorno más que el año anterior.