Pasó la noche con tranquilidad, y el día amaneció entre nubecillas rojas, con el mismo calor que si hubiera llegado el verano.
Palpitaba la vela con aleteo de ave, hinchada apenas por las tibias ráfagas que cosquilleaban la superficie del mar, bruñida, inmóvil y azulada como espejo veneciano.
La tierra habíase perdido de vista. Á babor, disfuminadas en el horizonte como vapores del amanecer, marcábanse vagamente dos manchas de color de rosa, Tonet las señalaba á sus compañeros. Aquéllo era Ibiza.
La Garbosa avanzaba lentamente por la inmensidad circular, vasto anfiteatro de tranquilas aguas, en cuyos límites, como puntos indecisos, marcábanse las nubecillas de humo de las embarcaciones de vapor.
Tan lenta era la marcha de la barca, que apenas si su proa agitaba las aguas: la vela pendía muchas veces inmóvil del mástil, barriendo la cubierta con su orla.
Desde la cubierta de la Garbosa alcanzaba la vista las hondas profundidades del agua tranquila. Las nubes y la misma barca reflejábanse en el fondo azulado con misterioso espejismo. Coleaban con nerviosa rapidez las bandas de pescado brillantes como pedazos de estaño; jugueteaban como chicuelos traviesos los enormes delfines, sacando á flor de agua su grotesca jeta y el negro lomo matizado de polvo brillante; aleteaban los peces voladores, mariposas del mar, que se hundían en el misterio de las aguas después de algunos instantes de vida atmosférica; y todos los seres extraños, de figuras fantásticas, de colores indefinibles, pintarrajeados unos como tigres, negros y fúnebres otros, gigantescos y fornidos, diminutos y nerviosos, de enormes bocas y cuerpo reducido ó de pequeña cabeza é hinchado vientre, bullían y se agitaban en torno de la vieja barca, como si fuese uno de aquellos esquifes mitológicos á los que daban escolta las divinidades del mar.
Tonet y los dos marineros aprovechaban la calma para echar sedales. El gato de la barca vigilaba el fogón de proa, donde burbujeaba la olla del mediodía, y el Retor, paseando por la estrecha popa y mirando al horizonte, se daba á todos los demonios ante la calma. La Garbosa, aunque no estaba inmóvil, parecía enclavada siempre en el mismo sitio.
Á lo lejos veíase un pailebot con las velas caídas, apresado por la calma, con la proa al Este, tal vez en busca de Malta ó de Suez. Pasaban por la línea del horizonte con marcha veloz grandes vapores de ancha chimenea, hundidos por excesiva carga hasta la línea de flotación; trigueros que venían del Mar Negro é iban hacia el Estrecho, llevando en sus entrañas la inmensa cosecha de la Rusia del Sur.
El sol llegaba á su mayor altura. Brillaban las aguas como inflamadas, burbujeando bajo un resplandor de incendio; caldeábase la atmósfera como si hubiese llegado ya el verano, y en la cubierta de la Garbosa ardían las viejas tablas crepitando con ruido de leña vieja.
La comida estaba á punto, y patrón y marineros sentáronse al pie del mástil á la sombra de la vela, hundiendo todos su cuchara en el mismo plato.