Un punto luminoso brilló por tres veces, y el patrón y Tonet dieron un grito de felicidad.
Allí estaba el tío; les aguardaba. Aquella era la señal. Había encendido tres fósforos, como lo hacen los contrabandistas, agazapado tras una manta tendida á sus espaldas para ser vista únicamente desde el mar.
La Garbosa extendió toda su vela. Aquello era una locura. Volaba, sacando tan pronto la quilla al viento como hundiéndose en las olas; marchaba como un caballo desbocado, cayendo de un costado y encabritándose por otro; crecían espantosamente los mugidos del mar, hasta que por fin, desde lo alto de una ola espumosa, vióse la playa con un enjambre de negras siluetas, y sonó un golpe seco, terrible. La barca se detuvo, lanzando un estallido como si reventase; el viento rompió la vela y el agua invadió con terrible fuerza la cubierta, derribando hombres y arrebatando fardos.
Acababan de encallar á pocos metros de tierra.
Un enjambre de sombras, silenciosas como fantasmas, lanzóse al asalto de la barca, y sin decir palabra á los aturdidos marineros, apoderóse de los fardos, que comenzaron á pasar de mano en mano por la sombría cadena de brazos tendida hasta la playa.
—¡Tío, tío!—gritó el Retor lanzándose al agua, que no le pasó del pecho.
—Presente—contestó una voz desde la playa—. Mutis y á la faena.
Era un espectáculo extraño: una pesadilla.
El mar mugiendo en la densa lobreguez, los cañares de la playa doblándose á impulsos del vendaval como cabelleras de colosos enterrados, las olas avanzando como si quisieran tragarse la tierra, y una legión de sombríos demonios agitándose mudos é incansables, sacando fardos de la barca, que se deshacía por instantes, pescándolos en las espumosas aguas para enviarlos como pelotas á la playa, donde desaparecían cual si se los tragase la tierra, y algunas veces, al calmar por momentos el vendaval, oíase el chirriar de carros que se alejaban. El Retor vió á su tío Mariano que iba de una parte á otra con sus enormes botas de agua, la voz enérgica é imperiosa y un revólver en la mano.
No había cuidado; los carabineros del puesto más próximo estaban untados y vigilaban para avisar si llegaba el jefe. Á los que no había que perder de vista era á la tropa silenciosa que hacía la descarga, gente demasiado lista de manos que gustaba de aprovecharse del barullo, y creía aquello de quien roba á un ladrón, etc. No; pues de él no se reirían, ¡redeu! al primero que escondiera un fardo, le pegaba un tiro.