Acababan de pesar sus cestas. Ella no quería líos ni escándalos. ¡Á la tartana! Que se matasen otro rato. Ahora era tarde, y en la Pescadería aguardaban los pescadores. ¡Mirad que les estaba bien, siendo cuñadas!
Y empujando á Dolores con el blanducho vientre, la condujo á su tartana, donde ya estaban las cestas y las otras pescaderas.
La buena moza se dejaba conducir como una niña, pero le temblaban los labios, y al mover el destartalado carromato, lanzó la última amenaza:
—Tú, Rosario, ya se vorem.
¿Verse? Cuando ella quisiera. No tardarían mucho. Y Rosario, mujercita flaca y nerviosa, temblaba también de ira; sus pobres brazos levantaron como si fuesen una paja los pesados cestos que tanto la habían abrumado, arrojándolos con fuerza sobre la báscula.
Comenzaba el día en la ciudad. Pasaban los tranvías repletos de madrugadores; trotaban por parejas los caballos del relevo, dirigidos por muchachos que los montaban en pelo, y por ambos lados del camino desfilaban á la conquista del pan los rebaños de obreros, todavía adormecidos, camino de las fábricas, con el saquito del almuerzo á la espalda y la colilla en la boca.
Rasgábase en densos jirones el vapor gris que entoldaba el espacio, y el sol hacía su aparición triunfal como deslumbrante custodia, casi á ras del suelo, convirtiendo en oro líquido los charcos de lluvia y reflejándose en las fachadas de las casas con rojizo fulgor de incendio.
En las calles comenzaba el movimiento. Iban por las aceras con paso ligero las criadas con sus blancas cestas; los barrenderos amontonaban el barro de la noche anterior; andaban por el arroyo con lento cencerreo las vacas de leche; abríanse las puertas de las tiendas, empavesándose con multicolores muestras, y en su interior sonaba el áspero roce de las escobas arrojando á la calle nubes de polvo, que adquiría una transparencia de oro al filtrarse entre los rayos del sol.
Cuando las tartanas llegaron á la Pescadería, acudieron solícitas las viejas mandaderas á descargar las cestas, ayudando á bajar con servil respeto á las que su miseria hacía considerar como señoras.
Fueron entrando una tras otra, arrebujadas en su mantón, por las puertas angostas, obscuras como rastrillos de cárcel: bocas fétidas que exhalaban el húmedo tufo de la Pescadería.