El contrabando no había que pensar. Era bueno para una vez; como el juego, que siempre ayuda al principiante. No había que tentar al diablo: para un hombre como él, lo mejor era la pesca, pero con medios propios, sin dejarse robar por los amos, que se quedan en casa sacando la mejor parte.

Como consecuencia de estos razonamientos que por la noche rumiaba agitándose entre sábanas y molestando á su Dolores, á la que no dejaba de consultar, decidió invertir su capital en una barca; pero no una barca cualquiera, sino la mejor, si era posible, de todas cuantas se daban á la vela frente á la casa del bòus.

Ya era hora, ¡rediel! No le verían más como marinero ni patrón alquilado; sería amo de barca, y como distintivo de su rango plantaría á la puerta de su casa el mástil más alto que encontrase para secar en la punta sus redes.

Señores, sépanlo todos: el Retor hace una barca; Dolores la guapa, si va á la Pescadería ahora que es rica, venderá el pescado propio. Y las vecinas del barrio que comentaban tales noticias, al pasar por la acequia del Gas acercábanse á los tinglados de los calafates para contemplar con cierta envidia al Retor que, mascullando el cigarro, se estaba el día entero vigilando á los carpinteros que aserraban y cortaban maderos amarillos, frescos y jugosos, unos rectos y fuertes, otros encorvados y finos, para la nueva embarcación.

La faena se hacía con calma. Nada de precipitaciones ni de errores; no había prisa. Lo único que deseaba Pascualo es que su barca fuese la mejor del Cabañal.

Y mientras él se dedicaba en cuerpo y alma á la construcción de la barca, su hermano Tonet pasaba una de sus buenas temporadas con la parte que le correspondía del alijo, y que el bueno del Retor procuraba hacer lo mayor posible.

En la vieja barraca donde se albergaban él y Rosario con todo su miserable acompañamiento de rencillas, brutalidades y palizas, no se notaba la menor abundancia después de la afortunada aventura. La infeliz mujer seguía cargando al amanecer con sus cestos de pescado para ir á Valencia, y muchas veces á Torrente ó Bétera, siempre á pie, para mayor economía; y cuando el tiempo no era favorable para la venta, pasábase los días en su agujero, sin más compañía que el fastidio y la miseria. Pero su Tonet estaba más buen mozo que nunca, con trajes nuevos, un puñado de duros en el bolsillo y metido siempre en el café, si es que no iba á Valencia con sus amigotes á arriesgar unas cuantas pesetas en las timbas de cuartos ó á alborotar en el barrio de Pescadores. Á pesar de esto, cuando veía á su tío, por no perder el derecho de la importunidad, le recordaba aquel empleíllo en las obras del puerto que perseguía en su época de penuria.

Bañábase complacido en la abundancia momentánea que le volvía á los felices tiempos de su casamiento, y con su eterna imprevisión, con ligereza cínica que le hacía adorable para las mujeres, no pensaba en que tendría fin lo que su hermano le había dado, pequeña cantidad cuyo término iban prolongando los obsequios de los amigos y las alternativas del juego.

Á altas horas de la noche llegaba á su barraca para acostarse, ceñudo y jurando entre dientes, dispuesto á contestar con bofetadas la menor protesta de Rosario. Ésta pasaba sin verle dos ó tres días muchas veces, pero no así en casa de su hermano, adonde iba con frecuencia, quedándose en la cocina si el Retor estaba fuera, al lado de Dolores, oyendo con la cabeza baja y ademán sumiso las acusaciones de su cuñada por su mala conducta.

Si en una de éstas entraba el Retor, celebraba mucho el buen sentido de su mujer. Sí señor; Dolores le decía todo aquello porque le quería bien, porque era una mujer honrada y no podía consentir que su cuñado fuese tan loco y diera tanto que hablar. Y el panzudo bonachón, ante las reprensiones de su Dolores, una gran mujer, una verdadera madre para aquel hermano loco, llegaba hasta enternecerse... ¡Ira de Dios!