Pascual no abandonaba á su madre. En aquel día solemne para él y tantas veces ansiado, sentía como un recrudecimiento de su cariño filial, y se olvidaba de su mujer y hasta de su Pascualet, que se atracaba de confites en la barca, para no pensar más que en la siñá Tona.

¡Amo de barca!... ¡Amo de barca!

Y abrazaba á la vieja, besándola los ojos abotagados, que lloraban también.

Algo renacía en la memoria de Tona. La fiesta en honor de la barca evocaba el pasado, y por encima de la loca aventura con el carabinero y de los largos años de viudez y aborrecimiento á los hombres, resucitaba el tío Pascual joven y vigoroso, tal como le conoció al casarse, y lloraba desconsolada, como si acabase de perderlo en aquel instante.

¡Fill meu!, ¡fill meu!—gemía abrazando al Retor, en quien veía una asombrosa resurrección de su padre.

Él era la honra de la familia; quien le hacía recobrar su perdida importancia á fuerza de trabajo. Y si ella lloraba era porque sentía remordimiento: se acusaba de no haberle querido todo lo que merecía. Ahora se desbordaba su cariño; sentía prisa de amarle mucho, y temía... sí señor, temía que su Pascualet, su pobre Retor, tuviese igual suerte que su padre. Y al manifestar sus temores con voz entrecortada por el llanto, miraba la vieja tabernilla que se veía desde allí: la barcaza que guardaba en sus entrañas la espantosa tragedia de un mártir del trabajo.

El contraste entre la barca nueva, gallarda, deslumbrante, y aquel ataúd que, falto de parroquianos, iba haciéndose cada vez más tétrico y negruzco, impresionaba á Tona, y hasta creía ver ya á Flor de Mayo rota y tumbada, como vió un día la otra llevando en su seno á su pobre marido.

No; ella no se alegraba. La hacía daño la algazara de la gente. Era burlarse del mar, de aquel hipócrita que ahora susurraba marrulleramente como un gato traidor, pero que se vengaría apenas Flor de Mayo se confiase á él.

Sentía miedo por su hijo, al que amaba de pronto como si le encontrase tras larga ausencia; nada importaba que fuese un gran marinero; también lo era su padre y se burlaba de las olas. ¡Ay! se lo decía el corazón. El mar se la tenía jurada á la familia y se tragaría la nueva barca como destrozó la otra.

No, ¡recristo! eso no. El Retor protestaba indignado. ¡Vaya una conversación oportuna en un día tan alegre! Todo eran escrúpulos de vieja; remordimientos que la acometían por no haberse acordado en tantos años de su primer marido. Lo que debía hacer era encenderle un cirio bien gordo al alma del pobre marinero por si estaba en pena. ¡Afuera tristezas! Á él que no le hablasen mal del mar. Era un buen amigo que se enfadaba algunas veces, pero que se dejaba explotar por los hombres honrados y mantenía á la pobreza. Á ver, una copa, Tonet. Que siguiera la broma; había que bautizar bien á Flor de Mayo.