Tenía de antiguo sus parroquianos, y no se esforzaba gran cosa en atraer nuevos compradores, pero gozaba diabólicamente cuando torciendo el ceño podía escupir alguna terrible palabrota á las señoras regañonas que acompañaban á sus criadas al mercado.

Su vozarrón cascado era siempre el que decía la última palabra en las disputas de la Pescadería, y todas reían sus chistes horripilantes, las sentencias de filosofía desvergonzada que pronunciaba con aplomo de oráculo.

Frente á ella vendía su sobrina Dolores, arremangados los hermosos brazos, jugueteando con los brillantes y dorados platos de su balanza, mostrando su deslumbrante dentadura con sonrisa coquetona á todos los parroquianos, buenos burgueses que hacían la compra por sí mismos y acudían con el limpio capazo ribeteado de rojo, atraídos por la gracia de la buena moza.

Separada de la tía Picores por dos mesas, estaba Rosario, ocupada en arreglar su pescado de modo que el más fresco quedase á la vista. Las dos cuñadas se miraban frente á frente. Torcían el gesto afectando desprecio; volvíanse las espaldas, pero sus miradas se buscaban para cruzarse con expresión iracunda.

Faltaba el pretexto para entablar el diario combate, y pronto lo hubo, cuando la soberbia moza, con sus sonrisas y repiqueteos de balanza, se atrajo á un parroquiano que estaba en regateos con Rosario.

¿Podía sufrirse aquello? ¡Miren la mala piel! Á una mujer honrada le quitaba sus más antiguos parroquianos. ¡Ladrona, más que ladrona!

Y Rosario, la mujercilla enjuta, nerviosa y enfermiza, encrespábase como un gallo flaco, con las huesudas mejillas lívidas de rabia y los ojos brillantes de fiebre.

¿Y la otra?... Había que verla haciéndose la reina, sorbiendo viento por su nariz corta y graciosa... ¿Quién era la ladrona? ¿Ella?... No había para irritarse tanto, hija mía. Allí todas se conocían; la gente sabía quién era cada una.

La Pescadería se animaba. Las vendedoras comunicábanse su entusiasmo con maliciosos guiños, y olvidando la venta avanzaban el busto sobre sus pescados para ver mejor. Los compradores formaban grupos y sonreían complacidos por el espectáculo; un alguacil que acababa de entrar en el mercadillo, escurríase prudentemente como hombre experto, y la tía Picores miraba á lo alto, como escandalizada por aquella rivalidad que no tenía término.

—Sí; una ladrona—continuaba Rosario—. Bien público era. Tenía la manía de quitarle todo lo suyo. Se lo podía probar. En la Pescadería le robaba los parroquianos, y allá en el Cabañal le robaba otra cosa... otra cosa; ya lo entendía ella... ¡Como si la gran mala piel no tuviese bastante con su Retor, un lanudo más ciego que un topo, incapaz de saber dónde tenía la frente!