—Difícil lo veo, reverendo padre. La baronesa está tan entusiasmada con el inglés, que, según las revelaciones de nuestro agente, en el baile que hubo anteanoche en Palacio iban los dos ocultándose tras los cortinajes de los balcones, buscando siempre huecos obscuros y solitarios.
—La baronesa es una mujer caprichosa, nacida para cometer estupendas locuras, pero con una gran dosis de ambición. Mientras fué en Madrid una desconocida, nos obedeció fielmente, cifrando todo su empeño en agradar al rey; pero desde que conoció al conde de Baselga y se casó con él, viéndose al poco tiempo dama de Palacio y uno de los más lindos adornos de la corte, ha dado por satisfecha su ambición y hoy únicamente piensa en satisfacer sus pasiones sin trabas de ninguna especie y a gusto de su variable voluntad. Mañana hablaré con ella y le haré entender que, si por creerse satisfecha no quiere servirnos, nosotros tenemos medios para romper lo que ella considera hoy como felicidad, arrojándola en la desgracia.
—En estas notas, reverendo padre, hay algo muy interesante respecto al marido de la baronesa, o sea el conde de Baselga.
—Habla, hermano Antonio.
—Nuestro agente sorprendió el otro día algunas palabras de la conversación que en la antecámara de la reina sostenía la duquesa de León con otra dama de honor.
—¿Qué tiene que ver en el anterior asunto la duquesa de León?
—Vuestra reverencia olvida, sin duda, que la tal duquesa, antes que el de Baselga conociera a doña Pepita, era su querida y hasta se cree que corría con todos los gastos del gallardo militar, incluyendo la confección de sus uniformes.
—Es verdad; no recordaba tal antecedente, que de seguro figura en nuestra nota acerca de la duquesa de León. ¿Y cuáles eran las palabras de ésta?
—Aunque nuestro agente no escuchó toda la conversación, comprendió inmediatamente que las dos damas trataban del conde de Baselga. La duquesa hablaba de su antiguo amante, que ahora se mostraba frío e indiferente por culpa de su esposa, que le tenía sujeto con sus embelecos y que, en cambio, le hacía traición, no con un amante, ni con dos. Cuando nuestro agente se acercó más, la duquesa hablaba misteriosamente de venganza, de abrir los ojos al mentecato y de terribles pruebas de que podía disponer.
—Eso es muy grave—dijo el padre Claudio—. Pepita puede oír nuestros consejos y volver a atrapar al rey, en cuyo caso sería un tremendo inconveniente el que su marido conociera los deslices de la baronesa, pues el tal Baselga es un gañan algo idiota que no conoce eso que en el mundo llaman honor, pero que por amor propio es capaz de no consentir como amante de su esposa ni aun al mismo rey.