—Lo sé, padre mío, lo sé perfectamente—dijo el secretario sonriendo con afectada humildad.
Reflexionó el padre Claudio y añadió con tono imperativo:
—Dirás mañana a nuestro agente en Palacio que vigile de cerca a la duquesa de León, procurando penetrar en sus propósitos. Yo buscaré el medio de que me revele su pensamiento, y al mismo tiempo procuraré extinguir en el conde de Baselga toda sospecha, si es que esa alegre vieja ha intentado ya excitar sus celos y su instinto receloso. Pasemos a otros asuntos. ¿Qué más se dice en Palacio?
—En el cuarto del infante don Carlos se conspira, y tanto su esposa, doña Francisca, como el obispo de León, preparan una sublevación en Cataluña, en la que entrarán todos los realistas descontentos con la política que actualmente sigue don Fernando.
—Me voy convenciendo de que estos realistas son gente más levantisca e ingobernable que los mismos liberales...; pero más vale así, pues hay que reconocer que don Carlos, príncipe piadoso, amante de Dios y obediente en todas ocasiones al clero y a la Compañía de Jesús, sería más buen rey que don Fernando, que, aunque adicto a la religión y sumiso a nuestros consejos, se ve tentado de continuo por el demonio de la carne y deja plantados a lo mejor a los representantes del Altísimo para irse tras la primera falda bien contorneada que encuentra al paso.
—Don Carlos haría la felicidad de España.
—Prohibo, hermano Antonio, que te permitas tener opiniones políticas. Eso es indigno de un hombre que ha prometido dejar a sus superiores que discurran por él. Sin embargo, en esta ocasión, te digo que estás en lo cierto. Don Carlos, rey, sería para nosotros tan ventajoso como tener un individuo de nuestra Orden en el trono, pero su corona es hoy por hoy problemática, y no es caso de que vayamos a exponer lo cierto por lo dudoso. ¿Manda actualmente don Fernando? Pues permanezcamos a su lado y dejemos conspirar a esos furibundos realistas, que si algún día llega su triunfo, tendremos tiempo para ponernos al lado de don Carlos y ser los primeros en recoger mercedes. Hermano Antonio, no olvides nunca esta política, que es la que debe seguir todo buen jesuíta.
El secretario acogió la lección con aire de gratitud y creyó del caso dar a su rostro una expresión de asombro, que interpretaba la admiración producida por las palabras de su maestro.
—Las noticias de Palacio han terminado ya, reverendo padre, y a los trabajos del día sólo hay que añadir la plática que he tenido esta tarde con el brigadier Chaperón, presidente de la Comisión militar permanente de Madrid.
—¿Ha venido aquí ese bárbaro?