—Sí; así será mejor. Dirigiéndome al sacerdote me será menos difícil el hablar que si lo hiciera al amigo.
Y Baselga, con voz algo temblorosa y poseído del respeto que le inspiraba el joven jesuíta, comenzó a relatar sus relaciones con la duquesa de León desde la época en que comenzaron hasta el mes de julio de 1822, en que los sucesos políticos le hicieron conocer a la que ahora era su esposa.
El padre Claudio le escuchaba con atención, a pesar de que cuanto decía lo tenía por muy sabido, y únicamente de vez en cuando mostraba alguna impaciencia al notar que el conde se separaba de lo importante del relato para hacer digresiones con el solo objeto de justificar sus deslices amorosos a los ojos del sacerdote.
—No veo, señor conde—dijo el jesuíta cuando el comandante hubo terminado de referir sus amores con la duquesa—, qué relación haya entre esa pasión pecadora y la fidelidad de su esposa. Hasta ahora sólo encuentro que ésta es la más indicada para sospechar de la fidelidad de usted.
Bajó Baselga la cabeza como abrumado por el peso de la encubierta recriminación, y dijo humildemente:
—Es verdad, padre mío; mi esposa, si se fija en mi vida pasada, tiene motivos para sospechar y no estar segura de mi fidelidad conyugal; pero también yo, si atiendo a las palabras de personas que dicen quererme bien, puedo convencerme de que Pepita falta a sus deberes.
—¿Quiénes son esas personas? ¿Acaso la citada duquesa?
—La misma, padre mío. Hace pocas horas he hablado con ella en Palacio, y con sus palabras ha logrado encender en mi alma un verdadero infierno.
—¿Le ha dado a usted pruebas de la infidelidad de su esposa?
—¡Ah! ¡Ojalá! Así, al menos, saldría pronto de dudas y no sufriría esta cruel zozobra que me consume.