—Maniobra jesuítica—se decía don Esteban—, buena para algunos imbéciles, pero que no sirve para mí. Este hombre debe ser de la célebre Compañía. Ahora veremos por dónde sale.
—Vaya, vaya—dijo en esto don Tomás, con su voz meliflua y humilde, al mismo tiempo que golpeaba acompasadamente una mano con otra, bondadosamente—. He venido a interrumpir a ustedes y lo siento mucho. Ha sido una verdadera inoportunidad el llegar a estas horas. Lo único que me consuela es que el asunto no será de gran interés, ya que la buena madre me ha permitido la entrada.
—Mire usted, caballero—contestó don Esteban, plantándose frente al cura con el aplomo de un soldado—. Ni cuanto esta señora y yo hemos hablado, ni el asunto que aquí me ha traído, le importan a usted nada; así es que hará muy bien en no mezclarse en ello. Por lo demás, le advierto que a mí no me gustan comedias en la vida, que las farsas las conozco inmediatamente, que usted ha oído escondido tras esa cortina todo cuanto hemos hablado, y que yo veré a mi hija a pesar de la oposición de esa señora y de la hipocresía de usted. Y den gracias que no me propongo llevármela, pues si en ello me empeñara, tenga por seguro que lo lograría, aunque hubiera de pasar por encima de usted, de esa monja y de todas las gentes que encierra esta santa casa.
—Conozco muy bien a don Esteban Alvarez—contestó el cura con su eterna sonrisa—para no dudar que sabe cumplir cuanto se propone, y más si es contra los respetos que se deben a las personas sagradas.
—Veo que no le es desconocido mi nombre y que no me equivocaba al creer que usted nos oía desde la puerta.
—Señor don Esteban—contestó el cura cambiando repentinamente su aspecto encogido y humilde por el aire de un hombre de mundo algo escéptico—. Con usted no valen engaños, cosa de que me alegro mucho, pues tampoco a mí me place la mentira. No he espiado tras esa cortina intencionalmente, como usted cree; pero sí debo manifestarle que he oído sus últimas palabras y a lo que usted viene aquí.
—Sabe usted amoldarse a todos los caracteres—dijo don Esteban con rudeza—. Es usted un perfecto jesuíta.
—¡Jesuíta! ¡jesuíta!—exclamó el cura con un asombro angelical—. En España no hay jesuítas; los arrojaron ustedes el año 68.
—Eso no importa; saben disfrazarse muy bien tales parásitos, y si usted no lo es, merece serlo. Pero, en fin, esto nada me importa. ¡Adelante! ¿Decía usted?...
—Que por deberes de mi ministerio, hace tiempo que lo conozco a usted de nombre. He sido por algún tiempo el confesor de la baronesa de Carrillo... No haga usted por esto mala cara. Mi dirección espiritual data de corta fecha; yo no conocía a la señora baronesa en la época que usted tuvo con ella y su sobrina, la condesa, asuntos de que no hay por qué hablar ahora. Continuando en lo que decía, debo manifestarle que conozco sus pretensiones sobre la señorita Quirós, que se educa en este colegio por encargo de su tía la baronesa, su empeño en pasar por padre suyo y el cariño que dice profesarle, y, por tanto, comprendo esta situación y me felicito de haber llegado en ocasión para servir de intermediario entre usted, víctima ciego de su arrebatado carácter, y esta santa mujer que, esclava de sus deberes, no quiere faltar a las leyes del establecimiento que dirige.