Y a este tenor siguió hablando el jesuíta, aguzando su ingenio para probar a Baselga cuán desacertadamente obraba al creer en las palabras de su antigua amante.

Todo cuanto iba encaminado a desvanecer las sospechas en el ánimo del conde no parecía causar a éste gran efecto; así es que el padre Claudio prefirió halagar la tendencia a creer en su desgracia que mostraba aquél, y le pareció salir mejor del asunto terminando su discurso de este modo:

—En fin, señor conde, usted ha venido a buscarme y a consultarme sus penas, y esto basta para que yo me interese en ellas y procure con toda mi alma que usted salga cuanto antes de ese estado anormal en que se encuentra. ¿Qué es lo que usted desea? ¿Saber con certeza si su mujer le es infiel? Pues solamente le ruego que en adelante no dé más oídos a las pérfidas insinuaciones de la duquesa, que yo me encargo de averiguar lo que haya de verdad en el asunto, y demasiado sabe usted que a mí me sobran medios para esta clase de negocios. Restablecer la paz en los hogares de las buenas familias cristianas es mi deber, y si me ayuda la bondad de Dios, es muy posible que dentro de muy poco pueda decirle con entera franqueza lo que haya de verdad en el asunto, aunque confío que de todas las pesquisas, la virtud de la condesa, groseramente calumniada, saldrá pura y sin mancha.

—¡Gracias! ¡Muchas gracias!—dijo Baselga estrechando una mano al jesuíta—. Eso es lo que yo deseaba de usted, y ahora me siento más tranquilo, pues confío en que pronto podré saber la verdad.

Permanecieron los dos hombres por algún tiempo hablando de cosas indiferentes, tales como de la salud del rey, de la persecución de los liberales y de las disposiciones de Calomarde, y al fin Baselga se levantó, comprendiendo que con su presencia estorbaba al padre Claudio en sus importantes trabajos.

—¡Que Dios sea con usted, señor conde!—dijo el jesuíta levantándose y dando su mano a besar—. Confíe en que muy pronto cumpliré sus deseos y le pagaré esta visita yendo a su propia casa a revelarle cuanto sepa.

El padre Claudio tiró del viejo cordón de una campanilla y a su cascado timbre, que sonó en lejana habitación, acudió el hermano Antonio, el cual apareció en la puerta, no sin antes anunciar su llegada con fuertes pasos, como para borrar toda sospecha en el ánimo de su superior de que hubiera podido estar oyendo la conversación.

—Hermano, acompañad al señor conde.

Salieron de la estancia el militar y el lego, y volvió a sentarse el padre Claudio, quedando profundamente pensativo.

Algunos minutos después, los pasos del secretario, que volvía, le sacaron de su meditación.