Este grito pareció volver a la realidad al angustiado padre. Miró con todo el furor propio de tan dramática situación al cura y a la religiosa, y rugió:

—¡Infames! Habéis hecho más aún de lo que yo creía. Auxiliados por una familia fanatizada, no sólo me habéis separado de mi hija, sino que la enseñáis a que se horrorice y tiemble ante el nombre de su padre. ¿Qué espantosas mentiras habéis dicho a esa infeliz niña? ¿Qué tremendas calumnias habéis dejado caer sobre mi pasado? ¡Canalla vil!, hace un momento os despreciaba, pero ahora me causáis asco y temor; siento ansia de vengarme aplastándoos, y, ¡por Cristo!, que no saldré de aquí sin que sepáis quién soy, y cómo respondo a las maquinaciones del jesuitismo contra mi persona.

Y don Esteban, agitándose como un loco y hablando atropelladamente, agarró una silla, y levantándola como una pluma, se abalanzó sobre el cura y la monja.

Esta había perdido ya su presencia de ánimo y temblaba, pero el clérigo no se inmutó y fué retrocediendo hacia la pared, únicamente para ganar tiempo y poder decir antes de que descargara sobre su cabeza el primer golpe:

—Piense usted que los suyos han caído del poder, que el Gobierno le persigue, y que si da usted un escándalo la servidumbre del colegio llamará a la policía y resultarán inútiles todas sus precauciones para huir.

A las primeras palabras ya se detuvo don Esteban como si adivinara todo el resto. Aquel cura había sabido desarmar tanta indignación, recordando hábilmente un peligro.

Como rendido por la realidad, bajó lentamente su silla, recogió su sombrero, pasóse una mano por los ojos como si despertara de un sueño cruel, y se dirigió lentamente a la puerta.

Cuando llegó a ésta, volvióse pausadamente, y abarcando en una mirada a la niña y a los dos seres sombríos, dijo:

—Confieso que sois muy fuertes y que se necesita gran energía para luchar con vosotros. ¡Adiós, sabandijas infames! ¡Adiós, jesuíta! Derrama sin piedad tu saliva venenosa sobre mi historia; sigue tejiendo la negra tela de araña alrededor de esa familia cuya fortuna desea tu Orden, y escarnéceme e insúltame cuanto quieras, que día llegará en que pueda devolverte golpe por golpe. Hoy el porvenir es tuyo, pues viene la reacción a hacer de la desdichada patria blanda cama para que te revuelques a tu sabor. Mucha guerra os hice al triunfar la revolución, pero veo que aquélla no ha causado gran mella en vosotros, y os juro que no seré tan blando el día en que nuevamente estén los sucesos de nuestra parte. ¡Adiós, miserables! Seres sin piedad ni corazón, insensibles a todo sentimiento. Si tú eres la esposa de Dios y ése es su representante, yo os digo que Dios es un mito, pues si existiera, tendría méritos suficientes para ingresar en un presidio.

—En cuanto a ti, hija mía—continuó don Esteban con acento enternecido—, algún día te acordarás con pena de este infeliz que ahora te causa espanto. Tal vez dentro de algunos años, cuando te veas víctima de estas gentes que hoy te rodean, llames en tu auxilio a tu padre y éste no podrá acudir por haber muerto ya, o encontrarse lejos de la patria e imposibilitado de volver a ella.