Estas fueron las primeras palabras que, elevando los ojos al cielo y poniendo las manos juntas en dulce actitud, pronunció la directora del colegio apenas don Esteban salió de su despacho, y la niña fué internada nuevamente en el colegio.
—Efectivamente, reverenda madre—contestó el cura—; ese hombre es un pecador empedernido que para atacar a los representantes de Dios no vacila en insultar al rey de cielos y tierra.
—Decir que Dios... Vamos, que el cielo me libre de repetir, ni aun de recordar tanta blasfemia.
—¡Y atacar tan calumniosamente a nuestra Compañía!
—A la Compañía de Jesús, reverendo padre; a esa inmortal institución del más grande de los santos; del glorioso Loyola, que supo crear con su Orden la más firme columna del catolicismo y del Santo Padre.
—Es abominable. Ese infeliz tiene a Satanás en el cuerpo...
—Y a Voltaire en la lengua.
El reverendo padre acogió con una amable sonrisa este rasgo de erudición de la religiosa, y tras esto quedaron ambos silenciosos como pensando en un asunto importante, pero que ninguno de los dos quería ser el primero en exponer.
—Ese hombre—dijo por fin la superiora, no pudiendo resistir más tiempo el silencio—es un ser peligroso que algún día puede introducirse en la noble familia de Baselga, como ya lo hizo en otros tiempos, y matar la santa influencia que sobre ella ejerce la Compañía.
—Eso no puede ser, reverenda madre; don Esteban Alvarez no volverá nunca a España.