—Voy a ver si dan permiso para que usted pase, y entretanto puede usted descansar aquí.
Esto lo dijo el portero tras el largo silencio transcurrido después de las palabras con que recibió al recién llegado.
Nada contestó éste, y el hermano, que había tomado de las monjas la curiosidad femenil, no se resolvió a moverse sin practicar algún sondeo en aquel incógnito que él calificaba de misterioso.
—¿Y qué nombre tendré que anunciar a la madre superiora?
—Es inútil; no me conoce.
—¿Creo que no vendrá usted por asuntos de ninguna señorita de las que están aquí a pensión?
—Vengo a ver a la señorita María Alvarez y Baselga, que hace tres años está en este colegio.
—Perdone usted, señor; aquí no hay ninguna señorita Alvarez.
—¡Cómo!...—exclamó con sorpresa el desconocido, mirando fijamente al portero.
—Usted se referirá, sin duda—continuó éste tomando un aire de compungido servilismo—a la señorita María Quirós de Baselga, condesa de Baselga.