A Baselga no se le ocurrió hablar y por toda contestación se sonrió de un modo lúgubre.
—Hace bien el niño en no hablar—continuó el negrazo con acento cariñoso—. Los hombres malos le han hecho mucho daño y en casa todos temíamos que iba a morir. Yo y el negro Juan fuimos los que bajamos a por el niño esta mañana cuando estaba casi muerto en la puerta.
El subteniente, impulsado por el reconocimiento, quiso incorporarse para dar la mano al negro; pero inmediatamente sintió agudas y estremecedoras punzadas en el hombro y la pierna, donde tenía las heridas.
Fijó su atención en estas partes de su cuerpo y notó que las tenía oprimidas con fuertes vendajes que le causaban cierta angustia.
—No se mueva el niño—dijo el negro con su acento indolente—. No se mueva, y si quiere algo pídalo que yo se lo traeré.
Separóse el negro al decir esto de la cama y entonces notó Baselga que junto a ésta y sobre una mesita ardía un quinqué con pantalla verde, objeto que entonces era de reciente novedad y que sólo se permitían usar las gentes acomodadas.
Aquella luz acabó por traer al herido a la realidad.
—¿Qué hora es?—preguntó con voz desfallecida después de hacer un gran esfuerzo.
—El reloj de San Felipe ha dado las nueve hace muy poco.
—¿Desde cuándo estoy aquí?