—¿Quién es la niña?—preguntó Baselga con extrañeza.
—Es mi ama, niña Pepita, la señora baronesa de Carrillo, viuda del gobernador de Acapulco.
—Y ese señor Antonio, ¿quién es?
—Es el señor; pero digo mal... no es el señor, pero poco le falta. Es como si dijéramos el amo de todos los que aquí vivimos, menos de la señorita.
—Será el administrador.
—Administrador, no, señor; pero sí una cosa parecida. Algunas veces—continuó el negro, sonriéndose con cierta malignidad—da consejos terminantes a la niña, que ésta sigue aun contra su gusto.
—¿Es joven tu ama?
—Casi como usted, y crea que si aquí se dejara ver tanto como en Méjico, había de encontrar a cientos los adoradores.
—Es guapa, ¿eh?—dijo Baselga, que a pesar de su triste estado comenzaba a preocuparse de niña Pepita, llevado de sus eternas aficiones galantes.
—Pronto la verá usted y podrá juzgar. Muchas señoras miro cuando salgo por Madrid, pero pocas he encontrado que puedan comparársele.