—Y entonces, ¿qué sucedió?—preguntó Baselga con ansiedad.

—La caballería liberal y, sobre todo, el maldito regimiento de Almansa, cuyos individuos son todos francmasones o comuneros, aprovechándose del terreno llano, cargó a los cuatro batallones, y antes de que pudieran éstos formar el cuadro, los acuchilló a su gusto, dejando el campo sembrado de cadáveres.

—¿Y el rey?—volvió a decir el subteniente con impaciencia—. ¿Qué hacía el rey?

—El señor don Fernando, asomado a un balcón de su palacio, azuzaba a los liberales contra los guardias, gritando: “¡A ellos, hijos míos! ¡Que se escapan! ¡No dejéis uno con vida!”

—Eso es una gran canallada—dijo Baselga irreflexivamente dejándose llevar de su indignación.

El señor Antonio quedóse mirándole fijamente por algún tiempo, y, al fin, dijo con frialdad y calma:

—Caballero; el rey no se equivoca nunca, ni obra jamás como un canalla. Es un representante de Dios en la tierra, y sus actos son indiscutibles. Hay que analizar bien los hechos para atreverse a calificarlos. ¿Quién le asegura a usted que don Fernando no veía en lontananza amenazada su existencia por los vencedores liberales y únicamente para congraciarse con ellos dió aquellos gritos? ¿Valen unas palabras sin importancia la existencia de un rey? Nuestro monarca tiene el deber de vivir para que sea feliz nuestro pueblo e hizo bien en asegurar su existencia con unas palabrejas que esos liberales podrán interpretar como gusten, pero que no tienen importancia.

El ínclito de Baselga quedó aplastado por aquella lección de realismo, y miró al vejete aún con más admiración.

—Además, caballero—continuó el señor Antonio—, en todos los asuntos hay que guiarse por los consejos de la sabiduría. ¿Cree usted que los padres jesuítas son los hombres más sabios del mundo?

Baselga no tenía motivos para contestar, pues en su corta vida nunca había tratado a ningún discípulo de Loyola; pero recordando elogios que muchas veces había oído, y guiándose por sus aficiones reaccionarias, creyó muy del caso hacer un gesto como extrañándose de que hubiera quien pusiera en duda tan terminante verdad.