Levantóse la cortina y entró la baronesa de Carrillo haciendo un gracioso saludo.

Baselga no se sintió cegado por tanta hermosura, como sucede a los héroes de las novelas, ni cayó de rodillas a los pies de la dama. Limitóse a examinar rápidamente a la baronesa con ojos de experto conocedor, la encontró soberbia y contestó al saludo con una respetuosa reverencia.

Niña Pepita no era hermosa, sino guapa. Era alta y maciza de carnes, sin carecer por esto de esbeltez. Su tipo de belleza no había que buscarlo en los perfiles ideales de una Venus griega, sino en aquellas figuras bizarras, carnosas y excitantes que, llenas de vida y de fuego, salieron del pincel de Rubens.

Su rostro moreno y con tendencia a la graciosa redondez, tenía el tinte ligeramente moreno de la perla, y sus dos principales adornos eran unos ojos grandes, negros, tan pronto soñadores como interrogantes, y una boca fresca, sonrosada y de labios algo gruesos, siempre entreabierta para ostentar la dentadura admirable. Una nariz que en su extremo se levantaba con cierta audacia, y algunos graciosos hoyuelos que aun se marcaban más al sonreír, completaban aquel rostro que, a poco de ser observado, ofrecía una mezcla extraña de aficiones a la alegría y a la devoción.

Baselga, aunque inclinado, miraba con el rabillo del ojo la mujer que tenía delante, y hacía de toda ella un detenido inventario, desde la negra cabellera agolpada sobre ambas sienes en escalonados rizos, según la moda de la época, hasta los pequeños, pero robustos pies que asomaban sus zapatitos de tafilete bajo la falda, que era de las llamadas de medio paso.

El vestido de seda color de rosa, estrecho, escurrido, rígido y con el talle bajo el pecho, conforme a la moda entonces dominante, dejaba adivinar un tesoro de embriagadoras formas, y Baselga, que sentía renacer en su interior la bestia carnal, miraba con ojos casi saltones la deliciosa y atrevida curva de un pecho espléndido, y las magnificencias que parecían vibrar a cada paso bajo aquella falda semejante a una tela mojada, según la fidelidad con que se amoldaba a los contornos.

Aquella buena moza parecía no saber lo que era cortedad ni haber experimentado rubor más que cuando a ella le conviniera; así es que miraba con cierta lástima al subteniente, que a pesar de toda su fama de calavera estaba turbado y balbuciente como un colegial al hacer su primera declaración.

La baronesa tomó asiento en el sillón ocupado hasta poco antes por Baselga e indicó a éste que viniera a colocarse en una silla inmediata.

El condesito vaciló. Iba a descubrir su cojera si no andaba con tiento y por esto movióse con embarazo aun conociendo que haría una figura muy ridícula.

—Ande usted con franqueza—dijo la baronesa riendo—. Ya sé que ha tenido usted la desgracia de quedarse cojo, y no es caso de que sufra por ocultarme un defecto.