Una noche de aquellas en que Pepita se encerró a las nueve en sus habitaciones, Bastera encontróse al poco rato cansado por la monótona charla del vejete, y deseando salir de su habitación y dar un paseo por la casa, pretextó una apremiante necesidad física para abandonar al señor Antonio, quien pareció mostrar algunas contrariedades por la salida del joven.
Las habitaciones principales estaban ya a obscuras, pero el joven, habituado a pasar por ellas, avanzó con resolución, aunque tropezando de vez en cuando con algún mueble.
Baselga sintióse acometido de pronto por una curiosidad digna de un amante. ¿Qué haría Pepita en aquellos instantes? ¿Pensaría en él? ¿Estaría rezando a sus santos favoritos, cuyo catálogo era interminable?
Apenas se hizo tales preguntas, tomó una resolución algo indigna de su caballerosidad, pero propia de un amante apasionado.
Con el intento de espiar a su amada, dirigióse a tientas hacia el célebre saloncillo inmediato al cual se encontraba el dormitorio de la hermosa; pero al llegar al corredor que conducía a aquél, encontró cerrada la puerta.
Miró por la cerraja y a lo lejos vió, amortiguada por la densa sombra interpuesta, una gran faja de luz que marcaban los entreabiertos cortinajes del saloncillo.
El corazón del condesito latió con violencia; no por considerar que allá dentro, envuelta en aquella luz, estaba la mujer amada, sino porque le pareció escuchar el amortiguado eco de una voz que no era la suya, pues tenía un timbre hombruno y aun cierta gangosidad que no le era desconocida.
Algún tiempo pasó escuchando con una oreja aplicada al ojo de la cerraja y haciendo los mayores esfuerzos por percibir aquella conversación muchas veces interrumpida y que llegaba hasta él como el susurro de una lejana fuente.
¡Oh desesperación! Aquellos sonidos confusos perdían, al llegar a él, su contorno de palabras y no podía adivinar su significado. La voz hombruna le ponía fuera de sí. No cabía dudar: Pepita se libraba de él algunas noches para encerrarse con un hombre.
Esta idea hizo renacer en su pecho todos los celos infundados y sin objeto, que tantas veces le habían atormentado, y por primera vez sintió, con la vehemencia propia de su carácter algo salvaje, la pasión que ha sido autora muchas veces de las más célebres venganzas.