María manifestó a su antiguo preceptor que estaba dispuesta a ir al convento así que él se lo ordenase, pero le suplicó que la permitiese estar en aquella casa al menos hasta que perdiera su gravedad la dolencia que sufría su padre. Estaba tan resignada María a ser de Dios, que hasta esta súplica la hizo en tono débil mostrándose dispuesta a cumplir todas las órdenes del señor García, aunque estas desgarrasen sus más íntimos afectos. ¿No acababa de matar aquella pasión que tan feliz la había hecho? ¿No había prometido olvidar al hombre amado? Después de tan inmensas concesiones bien podía sacrificar en holocausto a Dios sus afectos de buena hija.

Cuando en aquella tarde el señor García, después de hacer repetir a la joven varias veces su deseo de entrar en un convento, salió de la casa para comer en un modesto restaurante, iba muy alegre y caminaba con la viveza de un joven.

Tan contento estaba que murmuraba exclamaciones de gozo, y él, tan sesudo y circunspecto en la calle, tenía el aspecto de un loco o de un borracho. Tenía motivos sobrados para bailar en medio de la acera, y hasta para entonar un himno en loor de la santa Compañía de Jesús, que iba a vencer y a hacer suyos quince millones de pesetas metiendo a María en un convento.

Pero el viejo jesuíta, a pesar de todo su entusiasmo, no perdía el instinto receloso y escudriñador propio de los suyos; así es, que no pasó desapercibido para él el movimiento de sorpresa y la precipitada fuga de un hombre que estaba en la plaza de San Sulpicio apoyado en la esquina de la calle Ferou y mirando de lejos las ventanas de la casa del señor Avellaneda.

El vejete sólo pudo verlo un instante; pero a pesar de la distancia y de su mirada cansada, lo reconoció inmediatamente. Era Baselga, que, sin duda, espiaba en aquel sitio, esperando una ocasión para enviar una carta a María, o tal vez para subir a la casa aprovechando la enfermedad del padre.

Aquello puso de mal humor al señor García.

¿Conque tales atrevimientos se permitía el señor conde? Había que vigilar muy atentamente para impedir que Baselga volviera a avistarse con María. ¡Quién sabe los inmensos perjuicios que a la Orden podía causar una nueva entrevista de los amantes! Las mujeres son caprichosas, con facilidad mudan de pensamiento, y era muy posible que las aficiones monásticas creadas por continuas y convincentes explicaciones se desvanecieran rápidamente al más leve arrullo del amante. Era necesario, pues, impedir que Baselga rondase la casa de su amada, tanto más cuanto que así se lo había prometido tres días antes al padre Fabián.

Mientras en el cerebro del señor García se agitaban estos pensamientos, el vejete habíase detenido y, al fin, como quien toma una resolución definitiva, volvió sobre sus pasos y, atravesando la rué Ferou por su parte alta, se dirigió a la de Vaugirard.

—Vamos a contárselo todo al padre Fabián—murmuraba el devoto.

A las nueve de la noche ya estaba el señor García sentado junto a la cama de su amigo Avellaneda.