—Sí, Fernando mío; piensa en tu hija y en que yo soy su madre, y así me perdonarás. Te han engañado, han mentido para perderme..., esa carta es falsa..., yo no conozco a ese inglés..., yo no conozco a nadie... ¿Quieres que traiga aquí a tu hija?

—No la traigas—gritó con voz tonante el conde—. La pobre criatura es inocente y no debe pagar las faltas de nadie. Si la trajeras, sería capaz de estrellarla contra la pared, con toda tranquilidad, pues no hay en su sangre una sola gota de la mía.

—¿Que no es tu hija?—exclamó Pepita, con un asombro que le hubiera envidiado la más consumada actriz.

—Mira, Pepita: no sigas mintiendo, o de lo contrario no respondo de mí. Te he dicho que lo sé todo, y así es la verdad. Esa criatura no es hija mía. Ahí está para atestiguarlo la mujer que te asistió en el parto, la cual confiesa que la niña nació dos meses después de la fecha que tú me anunciaste. Tú sabrás quién es su padre, pues no se habrá borrado aún de tu memoria el recuerdo del hombre a quien te entregaste después de mi partida.

Pepita, al conocer que su esposo estaba tan bien enterado, experimentó mayor turbación, y sólo supo decir, con la inconsciencia de un autómata:

—Mentira; todo lo que te han dicho es una falsedad. Alguien me quiere perder.

—Sí; alguien te pierde, pero es tu misma desvergüenza. Mira esa carta que aún tienes sobre las rodillas, examina bien la letra, y después atrévete a negar que la has escrito tú misma para un amante que hace tiempo absorbe tus sentidos, hasta el punto de olvidarte de tu esposo y de tu hija.

La condesa, no sabiendo qué contestar, apeló a la suprema razón de la mujer, y volvió a llorar, ocultando el rostro entre las manos.

Mucho tiempo pasó Baselga paseando por la habitación con aire meditabundo, y, al fin, se paró ante su mujer, exclamando con voz cavernosa:

—Señora: es necesario que esto concluya. Sé bien que ante los ojos de Dios, que es enemigo del pecado, tengo yo derecho a exterminar a la mujer que tan vergonzosamente ha mancillado mi honor, pero un valiente no se ensucia jamás con la sangre de un ser débil. Hace poco me sentía capaz de estrangularla entre mis manos, pero ahora me felicito de no haber adoptado tan extrema resolución, que vendría a añadir nueva vergüenza a mi deshonra. Otra será mi venganza y cual corresponde a un caballero que tiene derecho a llevar alta la frente.