—¡Tanta falta que me hace mi hija! Tomasa, no te ofendas; tú me quieres y me cuidas mucho, pero me parece que vivo solo en esta casa desde que María se ha marchado.
—Señor, usted ha hecho una locura consintiendo que la señorita abandonase esta casa para siempre, ahora que se encuentra usted tan grave. ¡Y pensar que la pobre niña va a consumir su juventud encerrada en un convento y entregándose a una vida propia de vieja! Eso es un crimen, sí, señor; una tremenda locura de la que tendrá usted que dar cuenta a Dios.
Avellaneda miró con asombro a su criada, como si no comprendiese el valor de sus palabras.
—¿Has dicho que la señorita se fué de esta casa para siempre? ¿Quién te ha contado tal mentira? Estás equivocada; yo sólo he dado permiso al señor García para que mi hija fuese al convento por una corta temporada, o más bien dicho, hasta que me cure de esta enfermedad, lo que va siendo ya difícil.
Entonces le tocó asombrarse a la criada, que comenzó a ver algo claro en la cuestión. La malicia del señor García aparecía manifiesta desde el momento en que había dicho una cosa a su amigo para hacer en la práctica lo contrario, y la criada relató a Avellaneda todo lo ocurrido entre ella y María poco antes de que ésta marchase al convento.
Avellaneda, a pesar de su estado y de la debilidad que sufría su cerebro, adivinó lo que significaba aquel misterio.
Su amigo García se Convirtió repentinamente en su pensamiento en un tuno de la peor especie, y comprendió que había inclinado a su hija a la vida religiosa, y al mismo tiempo había mentido para lograr del padre el necesario consentimiento.
Tomasa, adivinando la impresión que en su señor producía tal descubrimiento, creyó del caso relatarle todo cuanto ocurría, y aun a riesgo de disgustar a don Ricardo, puso en su conocimiento la prisión de Baselga, así como las sospechas que le producía este extraño hecho.
Avellaneda torció el gesto al oír el nombre del conde; pero a pesar de esto siguió con atención el relato de la criada.
No cabía dudar. Baselga era víctima de la misma persecución que María, y resultaba indudable la existencia de un poder oculto interesado en separar a los dos amantes, para que la joven fuese a enterrarse en un convento, y que empleaba como un arma las preocupaciones del padre.