Al entrar en la habitación del enfermo y contemplar el aspecto de don Ricardo, movió la cabeza de un modo triste. Estaba muy habituado a ver enfermos e instintivamente adivinaba la aproximación de la muerte.
Con benévola complacencia escuchó las palabras entrecortadas de Avellaneda, dichas con acento débil, y lo que el funcionario sacó como consecuencia fué que María había sido arrebatada del hogar paterno con engaño y que era necesario ir cuanto antes al convento de Santa Isabel para sacarla de él.
El comisario dirigióse a su secretario, un pobre diablo raído y macilento en quien el rollo de papeles bajo el brazo parecía haberse convertido en un nuevo miembro de su cuerpo, y le hizo extender una diligencia propia del caso.
Después salió prometiendo que no tardaría en volver trayendo a María.
Tomasa le esperaba junto a la puerta de la escalera con ademán suplicante y tímido como para excusar la pregunta que iba a dirigirle.
La criada deseaba saber el motivo de la detención de Baselga y lo preguntaba humildemente al comisario. Este apenas si recordaba el suceso. ¡Tantas prisiones nacía todos los días! Los detalles que le dió Tomasa desvanecieron un tanto su olvido, y al fin, mientras comenzaba a bajar la escalera, dijo con el acento del hombre que recuerda un suceso insignificante:
—¡Ah! Sí; creo que fué ayer cuando detuve a un conde español en la calle de los Santos Padres. Sí; eso es. Se llama Baselga, ¿no es verdad?
Y ante los signos afirmativos de la aragonesa dijo cuando ya estaba en un rellano inferior:
—Ha sido denunciado por la Embajada de España como conspirador carlista y lo llevamos a Mazas. No es cosa importante, tal vez salga mañana mismo, pero será para que la gendarmería lo conduzca a la frontera.
Cuando el comisario desapareció, Tomasa, segura ya de la suerte de María, se preocupó únicamente de Baselga, que, indudablemente, iba a ser víctima de la malicia del señor García, porque la doméstica no vacilaba en creer al viejo devoto el causante de todas las desgracias.