Apenas éste se vió encerrado en Mazas, envió una carta a uno de sus amigos franceses, persona influyente con el ministro del Interior, y el cual en pocas horas había conseguido anular la detención y librarle de ser conducido a la frontera, logrando que el embajador español declarase que había sido víctima de una equivocación al pedir que fuese expulsado el conde de Baselga.
Una hora antes había sido puesto en libertad, y, después de subir a su casa con un agente de Policía, que le devolvió todos los papeles y objetos ocupados en el registro, se apresuró a ir a la calle de Ferou, en cuya esquina le ocurrió el casual encuentro con Tomasa.
Cuando ésta le relató lo que había ocurrido en su casa desde la última vez que se avistó con él, Baselga mostróse indignado y desahogó su cólera profiriendo algunas expresiones malsonantes contra el señor García.
Cuando los dos acabaron de manifestarse todo cuanto sabían, reinó un largo silencio, que al fin interrumpió Baselga:
—¿Y qué piensa hacer tu señor?
—Don Ricardo está indignado contra su antiguo amigo, que ha pretendido robarle la hija para apoderarse de sus millones.
—Esto no impedirá que siga odiándome.
—¡Quién sabe! Hace poco, cuando hablé de usted para relatar su prisión, no manifestó tanto enfado como en otras ocasiones. La mala acción del señor García ha modificado bastante sus ideas.
—¿Está ahora solo don Ricardo?
—Sí: hace poco rato fué el médico y en cuanto a ese pícaro devoto, no ha vuelto desde esta mañana, en que fué a acompañar a la señorita al convento. ¡Ah! ¡Qué alegría la mía cuando vea la cara de condenado que pondrá ese viejo al saber que se le ha escapado la presa y que la señorita vuelve a estar entre nosotros!