La rabia que sentía el violento Baselga, aquel afán de venganza brutal que no podía desahogar por miramientos de sexo, producían en el gigantesco comandante una angustia terrible, que al fin le obligó a dejarse caer en un sillón, donde permaneció mucho tiempo con los ojos entornados y respirando jadeante como si fuera víctima de mortal congoja.
Pepita, a pesar de que hacía tiempo miraba con indiferencia a su esposo, sentía hacia él cierta atracción desde que lo vió tan magnífico e imponente durante la terrible y brutal explosión de su rabia, y además necesitaba calmar su enojo por medio de caricias. Por esto comenzó a mirar con inquietud al conde, que parecía próximo a ser víctima de una congestión que pusiera en peligro su existencia.
Mucho rato permaneció Baselga inmóvil y como abstraído, hasta que por fin dió señales de ir serenándose, y abriendo sus ojos los fijó en su esposa con extrañeza.
—¿Aún está usted aquí? ¿Quiere usted acaso continuar mintiendo por más tiempo y engañarme con sus miserables embelesos? Salga usted inmediatamente de aquí y que no la vea durante las pocas horas que permaneceré en esta casa; de lo contrario, podría caer nuevamente en la tentación de hacerme la justicia por mi mano. Diga usted a mis asistentes que preparen mi equipaje para poder salir hoy mismo de esta casa.
Con tal imperio dijo Baselga estas palabras que la condesa se vió forzada a obedecer, y a paso lento se dirigió hacia la puerta; pero al llegar a ésta se detuvo, y adoptando una actitud resuelta, volvió al centro de la habitación.
Baselga la miró con cierto asombro.
—Yo no puedo permitir que tú te vayas—dijo, mirando a su esposo con la misma expresión incitante que horas antes había empleado con el padre Claudio.
—¡Cómo! ¿Qué quiere decir eso?
—He dicho que no te vas, y no te irás.
—¿Y quién puede impedir que yo te abandone?