—La primera es pidiendo a Chaperón que prenda inmediatamente a un negro llamado Juan, criado de la difunta condesa de Baselga, y lo someta a proceso como complicado en una conspiración contra los sagrados derechos del rey y a favor de la Constitución de Cádiz. Encargarle que si no halla méritos para enviarlo a la horca, lo meta al menos en presidio para toda la vida. Si necesita testigos falsos que depongan contra él, que avise, que ya le enviaré yo tres criados de nuestra casa profesa.

El hermano Antonio tomó rápidamente algunas notas.

—Ya sabes quién es ese negro—le dijo el padre Claudio—. Es el que suministró a Baselga por orden de la duquesa, la prueba más concluyente de su deshonra.

—Conviene castigarle, y además, sabe demasiado sobre las interioridades de la vida de la condesa, y con sus revelaciones podía dar algún indicio que por el tiempo descubriera al conde. Y ya que estamos puestos a trabajar, incluye igualmente en esa delación al otro negro que está todavía en casa de los condes. Con la próxima marcha de Baselga quedará él completamente libre, y sabe también mucho de nuestras entradas y salidas en la casa y de las relaciones que la condesa tenía con los jesuítas. Que Chaperón se encargue de los dos morenos convertidos de repente en terribles conspiradores y los envíe a la horca o a presidio.

El "socius" anotó aquella nueva orden de detención, sin que en su rostro se notara la menor impresión producida por tan estupendas arbitrariedades.

—Ya está, reverendo padre—dijo a su superior.

—Bueno; ahora toma nota de otra comunicación, que enviarás al mismo tribunal, pidiendo el procesamiento y el envío a la galera, por unos cuantos años, de una partera de esta capital, llamada Manuela Gómez.

Entonces el secretario no permaneció impasible, pues su rostro palideció hasta tomar un tinte amarillento y miró con asombro y alarma a su superior.

—Escribe—dijo éste con tono imperioso—. ¿Qué es lo que te detiene?

—¡Padre mío!—exclamó el "socius" con trémula voz—. ¡Esa mujer es mi madre!