—¿Hay acaso amoríos de por medio?
—No, reverendo padre. Si tal hubiese, lo sabría yo.
—Mirad que los viejos no tenemos buen ojo para apercibirnos pronto de estas cosas.
—Tengo absoluta certeza de que María no piensa en amores.
—Pues ved de emplear todos los medios para que la niña se decida en favor de la religión.
—Así lo haré, reverendo padre.
—¿Y el señor Avellaneda?
—Sigue tan loco y meditabundo como siempre.
—Eso es menester—dijo sonriendo el jesuíta.
Él señor García besó devotamente la velluda mano que le tendía el padre Fabián, y se reunió en la antesala con el conde de Baselga, cuya apostura marcial y tez bronceada llamaba la atención de los clérigos franceses que aguardaban la audiencia del superior de los jesuítas.