—Ya lo sabe usted, señor conde. Aquí es su casa, y crea que este ofrecimiento es sincero. El señor García me conoce bien y sabe la franqueza con que procedo, además de que, entre compatriotas, debe existir verdadera fraternidad. Apreciaré que usted venga a menudo a visitarnos y que sea para nosotros tan íntimo como su viejo amigo. Venga usted cuando quiera; especialmente por la noche, y al calor de la estufa echaremos algún parrafillo sobre las cosas de España. Yo, si no me da el maldito dolor de gota, suelo ser muy tratable, y cuando estoy enfermo, siempre quedan en el comedor la niña, el señor García y Tomasa, una aragonesa bestia y fiel como la primera. Vaya, señor conde, ¡buenas noches! Ya sabe usted dónde encontrará siempre amigos, una taza de café y un rato de conversación.
Baselga contestó a la charla de Avellaneda, prometiendo que al día siguiente, por la noche, iría a visitar a sus nuevos amigos, y después de oprimir con alguna expresión la temblorosa mano de María, saludó a don Ricardo y al señor García, que, como de costumbre, se quedaba allí a comer, y fué a hacer lo mismo en su restaurante de la plaza de Saint-Michel.
Aquella noche durmió María con una dulce tranquilidad.
Algo tuvo que luchar para que el sueño se posara sobre sus ojos, pues la imaginación andaba como gato suelto por el interior de su cabecita, trastornándolo todo y despertando a zarpadas los más absurdos pensamientos.
La joven gozó largamente en pasar revista a todos los sucesos de la tarde. Pensó detenidamente en aquella perilla romántica, en los bucles de la negra cabellera, en el pantalón gris perla y la levita verde, y experimentó un regular disgusto al no poder recordar cuántos botones tenía ésta sobre el pecho.
Cuando el sueño comenzó a entonar sus ojos, apareció en pie, junto a la cabecera de la cama, aquella fantástica figura de paladín novelesco, creada por su imaginación al calor de las poéticas lecturas.
Pero aquella figura no tenía vagos contornos ni facciones indeterminadas como antes, pues su rostro era, en aquella noche, el mismo de Baselga; el cual, procediendo como un redomado pícaro, se había introducido sin más preámbulos en el corazón de la niña, tomando posesión de él como dueño y señor.
IX
La pasión y el sentido común.
Muy bien le pareció a Tomasa aquel nuevo amigo de la casa.