El conde se decidió, al fin. ¡Qué diablo! Pecho al agua... Además, aquella cortedad era indigna de un hombre de su clase.
Justamente María estaba hablando de lo feliz que se sentía aquella tarde, al ver que comenzaba a renacer la hermosa estación, tan adorada por ella a causa de su afición a las flores.
—¿Y se considera usted completamente feliz, señorita?
—Hoy, don Fernando, me siento muy contenta.
—Luego la felicidad de usted sólo es momentánea.
—¡Ay, don Fernando! Para ser yo feliz, para que mi dicha fuese perpetua, sería necesario que viviera mi madre y que mi padre gozase más salud.
—Es verdad. Está usted muy sola en el mundo. Su padre es viejo, no tiene más amigos que su criada y un anciano, pero esta misma falta de apoyo me ha hecho pensar detenidamente en usted y en su porvenir.
—¡Cómo! ¿Piensa usted en mí algunas veces?
María dijo estas palabras con alegre acento que animó a Baselga, el cual, mostrando cierta extrañeza por que la joven ignorase la fuerza con que le había obsesionado, contestó con melancólica voz:
—Sí, María. Pienso mucho en usted, y me preocupa su porvenir. ¿Cómo no he de pensar?... ¡Ah! ¡Si usted supiera!...