Alvarez aceptó el cigarro que le tendía el vizconde, y se sentó a su lado.
—Chico—dijo éste—. No puedes figurarte cuánto te agradezco tu visita. ¿Vienes a acompañarme, verdad? Estoy aburridísimo y te aseguro que si me arrestan otra vez, pido mi baja en el ejército. ¿Deseas algo? ¿Has almorzado ya? ¿Quieres tomar café u otra cosilla? Nos lo traerán del café cercano; tengo cuenta abierta.
Esteban tuvo que hacer grandes esfuerzos para impedir que el alférez, deseoso de retenerle, le pidiera todas las bebidas del próximo café, y cuando el vizconde se hubo tranquilizado después de pedir a un ordenanza que trajese una botella de ron y copas, Alvarez abordó el verdadero motivo que le había llevado allí.
—Oye, Lindoro—dijo el capitán Alvarez—. ¿No conoces tú a toda la aristocracia de Madrid?
—Sí, querido—contestó el alférez con fatua complacencia, pues su mejor gusto era ostentar las ventajas sociales que le daba su nacimiento—. Conozco todo el mundo elegante de la corte y no hay casa de algún ilustre que yo no visite. Ya ves que con mi nombre y mi fortuna bien puede uno gozar alguna consideración en la alta sociedad.
—Tengo que solicitar tu ayuda para una noticia que me interesa adquirir.
—Habla, que yo te contestaré, si es que puedo.
—¿Tratas alguna familia que viva en la calle de Atocha?
—Dos hay que yo conozco. ¿Sabes el número de la casa?
—No he podido fijarme en él, pero te daré las señas. Es un edificio de reciente construcción que está a la derecha, subiendo por la parte de...