Era el hermanito; aquel ser débil y fanatizado que, según las revelaciones del alférez Lindoro, estaba destinado a servir a la Iglesia.

Alvarez, plantándose audazmente frente al balcón, le miraba con aquella simpatía que le inspiraban todos los seres que rodeaban a la mujer amada; pero el muchacho fijaba en él los ojos con aire de extrañeza, y al fin se retiraba con el mismo aire de una niña que se ve contemplada con curiosa insolencia.

Una tarde, a la misma hora en que Alvarez, puesto de uniforme y cubierto de polvo del campo de maniobras, en que había hecho ejercicio su regimiento, volvía con el propósito de pasar una sola vez por la calle de Atocha, animado por la vaga esperanza de ser más afortunado que otras veces y contemplar a Enriqueta, vió salir del portal de la casa de Baselga dos briosos caballos montados por una airosa amazona y un señor de marcial figura y pelo cano.

Eran Enriqueta y su padre que se dirigían a la Castellana.

El conde de Baselga estaba algo maltratado por la edad, pero no había perdido su antiguo aspecto. Su rostro, a fuerza de estar curtido, tenía un tinte cobrizo; sus patillas eran canas, y su abdomen demasiado prominente para un gallardo jinete; pero a pesar de esto, todavía resultaba una hermosa figura moviéndose al compás del paso de su cabalgadura.

Junto a él, con el rostro grave y sin que entre ambos se cruzara la más leve palabra, iba la hermosa Enriqueta, a cuya figura daban aún más realce la negra amazona que marcaba todas las líneas de su busto escultural, y el gracioso sombrerillo del que colgaba el blanco velo que envolvía, como una nube, su rostro.

Baselga marchaba al lado de su hija en actitud rígida e indiferente, pero de vez en cuando la examinaba con rápida mirada, y en su rostro marcábase una expresión momentánea de satisfacción.

En aquel hombre notábanse dos orgullos satisfechos: el de padre y el de viejo soldado, y al par que admiraba la gracia de la hija, mostrábase contento por la pericia de aquella discípula que hacía honor a sus lecciones manejando el caballo de un modo magistral.

Cuando los dos jinetes pasaron cerca del capitán, el conde le miró con esa instintiva y rápida atención que merecen los oficiales jóvenes a todo militar viejo, y Enriqueta, al conocerle, volvió rápidamente la cabeza, como si quisiera evitar la indiscreción de una mirada.

De poder realizar sus deseos, el capitán hubiera seguido a los dos jinetes, que se alejaban; pero le era imposible encontrar inmediatamente otra cabalgadura, y en aquel momento se propuso cumplir los consejos del alférez Lindero, y juró que desde el día siguiente se presentaría a caballo todas las tardes en la Castellana, a pesar de que montaba muy mal.