Un hombre del pueblo, un obrero de blanca blusa y rostro curtido de rasgos duros, entró en el recibimiento preguntando con aire imperioso:

—¿Está el capitán?

—Salió hace una hora. ¿Qué quiere usted?

—Yo... nada—dijo el obrero después de vacilar un buen rato.

—Puede usted decirme lo que quiera sin miedo, porque yo soy su asistente desde hace algunos años.

—Entonces—contestó el hombre después de reflexionar largo rato—, dile a tu señorito que esta noche dice misa.

Perico se quedó estupefacto hasta el punto de dudar de lo que tan claramente había oído. Hubo un momento en que creyó que aquel hombre era un chusco de mal género, y hasta pensó en la conveniencia de darle un soberbio coscorrón; pero el aire grave y un tanto majestuoso del obrero, al decir tales palabras, le convenció de que se hallaba muy lejos de burlarse.

Pero el asistente, por salir de su asombro, buscó instintivamente cualquier palabra, y sin darse cuenta de ello preguntó:

—¿Y a qué hora ha de decir misa?

Entonces fué al obrero a quien le tocó mostrar asombro: