El sacerdote mentía, blasfemaba y era perjuro al hacer tales afirmaciones, pero esto resultaban muy ligeros sacrificios para un jesuíta empeñado en reconquistar la confianza de un hombre que podía servirle de mucho para ciertos planes todavía acariciados con fruición en la mente del padre Claudio.
A pesar de las calurosas explicaciones de éste, Baselga no se mostraba convencido.
Esas intrigas de París le habían hecho adivinar en toda su extensión lo que era la Orden, y desconfiaba de todo jesuíta, y especialmente del padre Claudio, cuya astucia y doblez le eran conocidas.
Pero la conversación había entrado en terreno muy resbaladizo. El jesuíta, que poco antes mostraba escrúpulos en hablar de aquel maldito documento, trataba ahora de él con marcada predilección y sonreía con aquella sonrisa que era signo de mal agüero para todos los que le conocían bien.
Sus ojos estaban animados de extraño fuego, y en ciertos instantes parecían los de un ave de rapiña contemplando a la víctima que tiene bajo sus garras.
Aquello era un amenaza en toda regla, que el conde no tardó en comprender.
El comprometedor documento, a juzgar por las palabras del jesuíta, estaba en los archivos de Roma; pero fuese esto verdad o no, lo cierto es que a cualquier hora podía tenerlo el padre Claudio en su poder y hacerlo valer contra él.
Baselga comprendió los deseos del padre Claudio que, después de amenazar mudamente, manifestaba con humildad el inmenso pesar que le producían las sospechas del conde y su deseo de seguir siendo su mejor amigo.
Había que conjurar el peligro, y Baselga se decidió a aparentar que creía en la inocencia del padre Claudio y de la Orden. Todas las razones del jesuíta las aceptó como verdaderas, y la amistad se restableció entre los dos hombres.
El final de la conferencia fué muy afectuoso, y Baselga hasta se mostró arrepentido de haber puesto en duda la virtud de la Compañía, haciendo caso al padre Claudio, que anatematizaba a los infames como el padre Renard, que con sus delitos daban pretexto a la canalla de escritores liberales para atacar a la Orden.